Marx, el socialismo en China y nosotros

¿Por qué es el Partido Comunista de China capaz? ¿Por qué es el socialismo con características chinas tan bueno? La razón última es que el marxismo funciona.

 

Xi Jinping, discurso por el 100 aniversario del PCCh, julio 2021.

En un artículo anterior intenté describir la estructura de clases en China. Hoy intento hacerlo desde la perspectiva de las relaciones del Partido Comunista de China con Marx y el socialismo.

Marx en Pekín

La utilización de Marx por el Partido Comunista de China para justificar y/o legitimar su práctica política puede ser interpretada como un mero ardid ideológico para ocultar unas políticas que en realidad no tendrían nada que ver con el de Tréveris. Esta postura está presente en muchas de las críticas a China desde la “izquierda”. Pero aquí voy a tomar muy en serio la adscripción marxista de la dirigencia china y voy a identificar a China como heredera y deudora del barbudo alemán.

Desde el giro de timón de Deng hace cuarenta años, la dirigencia china ha abrazado una lectura o interpretación del marxismo contraria a la “voluntarista” o “izquierdista”, que habría sido la de Mao (sobre todo en su última etapa, primero con el “gran salto adelante” y luego con “la revolución cultural”). La interpretación o lectura de Marx desde Deng hasta ahora podríamos denominarla “objetivista” o “derechista”, en cuanto abraza las lecturas o interpretaciones de Marx (y tan presentes junto a sus contrarias en la propia obra de Marx) más deterministas, tecno-economicistas-productivistas. O, lo que es lo mismo, la primacía del desarrollo de las fuerzas productivas (medios de producción, incluyendo ciencia, tecnología, fuerza de trabajo y recursos naturales/energéticos) sobre la primacía de la lucha de clases. De los dos marxismos que identificaba Gouldner, el “crítico” y el “científico”, el ala derecha del Partido que se hace con el poder desde Deng hasta ahora se acoge al segundo. Aquí también viene a cuento la dicotomía que hace David Priestland entre “comunismo romántico” y “comunismo tecnocrático”, siendo este último el de la dirigencia china posterior a Mao.

Deng puso encima de la mesa la “fase primaria del socialismo”, en la que la dirigencia china dice que aún se encuentra el país; una especie de transición a la transición (es decir, al socialismo propiamente dicho o transición al comunismo) en la que la prioridad absoluta es el desarrollo de las fuerzas productivas de la nación con todos los instrumentos posibles. De ahí el famoso dicho de Deng: “da igual que el gato sea blanco o negro con tal de que cace al ratón”; es decir, la introducción de la producción de valor y plusvalor, el mercado y dos modos de producción: el capitalista y el mercantil simple. ¿Pero qué es esa “fase primaria del socialismo” y qué tiene que ver con Marx?

Los socialismos según Marx y el socialismo chino

John Ross, un economista marxista inglés, profesor de la Universidad Renmin de China, contextualiza esa “fase primaria del socialismo” dentro de lo que Marx llamó “fase inferior del comunismo” en la Crítica al programa de Gotha. Es decir, una fase de transición entre el capitalismo y el comunismo en la cual ambos modos de producción coexisten con ese comunismo en minúsculas (o en su “fase inferior”), siendo este dominante. Esto es lo que Lenin (no Marx, ni Engels) denomina “socialismo”. Además de las diferencias terminológicas con Marx, hay una cuestión clave: para Marx la superación del comunismo por el capitalismo solo sería posible en las naciones capitalistas más desarrolladas, pero en el siglo XX fueron los “eslabones débiles”, en Rusia o China, entre otros, donde se produjo la revolución. Por lo tanto, la transición entre modos de producción se complicó enormemente. De ahí que esa fase “primaria” en China tenga todo el sentido marxista, al menos desde la perspectiva marxista que da primacía al desarrollo de las fuerzas productivas.

Y, de nuevo con Lenin, el capitalismo de Estado. Siguiendo esa línea, Mcnally caracteriza el “reformado” capitalismo de Estado del siglo XXI tomando en cuenta la variedad de especies que conforman ese género: no es lo mismo el islamo-teocrático de los del Golfo Pérsico, el conservador ruso de Putin, el socialdemócrata noruego, el “liberal” de Singapur, o el “socialista” chino. Pero todos ellos tienen coincidencias en su inserción en el mercado mundial, en el hecho de que aplican la lógica capitalista a sus empresas públicas (fondos soberanos de inversión, fondos de pensiones, holdings de empresas públicas, etc.) y en la importancia de un potente sector privado favorecido por el Estado para competir internacionalmente, como también favorecen a las empresas públicas para lo mismo. El capitalismo de Estado chino sería uno de los más exitosos de todos ellos.

Uniendo todo esto con el marxista estadounidense Erik Olin Wright y su teoría sobre los posibles futuros poscapitalistas y la interpenetración entre modos de producción, podemos tener una mirada de la deuda y la herencia marxista del “socialismo de mercado chino” y su “fase primaria del socialismo” como una especie exitosa del género capitalismo de Estado 2.0, cuya especificidad es su pasado socialista (estatista de partido único) que marca la dominancia de ese modo de producción estatista sobre el capitalista (u otros como el mercantil simple), aunque ese capitalismo también imprima su lógica en el estatista (D-M-D’). Un modo de producción estatista que se dio de forma plena en la URSS y en la China de Mao, cayendo en ambos casos por sus contradicciones sistémicas, con la diferencia clave entre la URSS y China de que estos últimos han conseguido reformarlo y salvarlo a través de esa “fase primaria del socialismo”.

Pero no podemos acabar de caracterizar ese “socialismo de mercado chino” en su fase “primaria” si nos dejamos otro texto de Marx (y Engels), el Manifiesto Comunista. En uno de sus apartados, nos describen y critican una serie de “socialismos” con bases sociales y teóricas determinadas a los que tiran por la borda frente al suyo propio (aclarando que tanto Marx como Engels abjuraban del término socialismo y preferían comunismo, aunque Engels también denominara socialismo al suyo, pero siempre con el apellido “científico”).

Partiendo de esto, podemos definir el “socialismo chino” como uno de esos socialismos que Marx y Engels no hubieran aceptado como suyo por: 1) su base social, ya que no es el proletariado la clase dominante sino la clase profesional y directiva asalariada encuadrada en el Partido Comunista y organizaciones políticas y sociales satélites del mismo; y 2) el hecho de que, en China, se considera el modo de producción socialista como un modo de producción en sí mismo y no un mero medio para la transición a un comunismo –para Marx, en la Crítica al programa de Gotha, esa transición era una coexistencia jerárquica entre el modo de producción capitalista y el comunista, la cual ni siquiera llama socialismo, sino “fase inferior del comunismo”– que en China ni está ni se le espera. A ese modo de producción socialista a lo chino se espera llegar en 2049, tras la fase “primaria” en la que llevan desde finales de los setenta.

Pero, a la vez, y esa es la paradoja, ese “socialismo chino” es deudor y heredero de Marx, ya que, como hemos visto, la dirigencia post-Mao se basa en la lectura e interpretación más determinista, tecno-economicista-productivista de Marx (o la primacía de las fuerzas productivas) para, con su mezcla de planificación y mercado, estatismo y capitalismo,1 ser uno de los ejemplos más exitosos del capitalismo de Estado 2.0 y gran rival geopolítico de Estados Unidos a un nivel que nunca pudo ser la URSS. Otra paradoja es que este “socialismo chino” estaría llevando a la práctica un modelo económico (aunque obviamente no político) muy cercano al que aspiraba lo que se llamó a finales de los setenta el fracasado “eurocomunismo”, quizás porque comparten ambos esa clase profesional y directiva asalariada como la que se encuentra detrás de ambos llevando el marxismo a su ascua.

El socialismo chino y nosotros

A diferencia de la URSS que tenía un carácter expansivo y consideraba su modelo como algo a extender –y lo hizo manu militari–, China mantiene su trayectoria histórica de Imperio del Centro (significado del nombre del país) y, por ello, su expansión internacional no es centrífuga, como la soviética, sino centrípeta. Hoy, se considera el Sol de un sistema en el que los demás países (o alianza de países) del resto del mundo giran a su alrededor por la fuerza gravitatoria de la “nueva ruta de la seda”. Ni quiere imponer su modelo, ni tiene necesidad de entrometerse en sus asuntos internos, ni política ni militarmente. Eso sí, esos otros Estados-nación (o alianzas supranacionales entre Estados-nación) sí pueden tomar como ejemplo tal o cual política, económica o de cualquier otro tipo, de China con el fin de adaptarla a su entorno, cosa que China tampoco va a tratar de impedir. Además, las diferentes inversiones chinas en el extranjero son más favorables para los países receptores en Asia, África o Hispano/Iberoamérica en comparación con las de Estados Unidos u otras potencias occidentales. Así, en otra diferencia con la URSS y su bloque, China está conectada al mercado mundial (es el principal socio comercial de la gran mayoría de las naciones del mundo, principal receptor de inversión extranjera y uno de los principales inversores en el mundo), pero lo hace desde esa posición señalada y, con ello, plantea una globalización alternativa a la que ha sido la globalización dominante desde el fin de la URSS hasta ahora; la de Estados Unidos y sus aliados.

¿Qué puede significar esto para la posibilidad ardua de un proyecto de izquierdas a la altura de los retos del presente aquí en España? Esto se puede empezar a contestar haciendo frente a un debate mal planteado que se repite cíclicamente en nuestro país.

China ha progresado –y de qué manera–, pero los chinos tienen y cultivan patria, familia, tradición, seguridad, orden. Si allí ha habido, y hay, un progreso objetivo, un desarrollo de las fuerzas productivas, unas nuevas generaciones que, desde luego. viven mejor que las anteriores, si son la única alternativa al bloque anglogermánico… entonces, si, en esos marcos señalados, la solución solo puede ser “reaccionaria” o “roji-parda”, según algunos, ¿Es China reaccionaria? El progreso, entonces, ¿lo conforman la socio-liberal Suecia, la Alemania de una posible coalición “semáforo”, los Estados Unidos de Biden y, claro, el sanchismo/yolandismo/errejonismo aquí en España? La respuesta es un no.

La cuestión no es ser “nostálgicos” u “obreristas”, pero ni mucho menos sumergirse en el clasemedianismo posmoprogre antiobrero que anega a la inmensa mayoría de la “izquierda” realmente existente en el mundo occidental en general y en España en particular.

A mi juicio, la única clase social con potencial para ser la nueva clase dirigente y hegemónica, basada en una formación social en donde el modo de producción dominante es el estatista y donde otros modos de producción que seguirán existiendo (como el capitalismo o el mercantil simple) están subordinados a ese (y esto es el único “socialismo” posible, eso es China). Esta clase es la profesional y directiva asalariada.

Pero para lograr eso, unas fracciones de la misma deben tener más peso que otras y, además, estar unida y encuadrada por un Partido (o varios partidos, además de organizaciones sociales de diverso tipo) con unos fundamentos teóricos, ideológicos y filosóficos que no son la ideología posmoprogre, que viene a ser la ideología espontánea de esta clase en occidente, sobre todo la de ciertas fracciones de la misma. En esto soy muy leninista. Para el líder de la revolución bolchevique, si el proletariado no estaba organizado por el partido (el “Príncipe moderno” de Gramsci) era, como mucho “tradeunionista”; es decir, reformista-socialdemócrata. Lo mismo pasa para esta clase profesional y directiva asalariada. Si no está organizada por el partido (o varios partidos y organizaciones de diverso tipo), la ideología y el proyecto adecuados, no puede cumplir su potencial (por ejemplo, su potencial como “capital humano”), y, como mucho, es “semáforo” (socialdemócrata/verde/liberal).

¿Qué queda para la clase obrera, tanto la “vieja” industrial como la “nueva”, de servicios? No ser una masa de maniobra para tal o cual fracción de la clase profesional y directiva asalariada en sus disputas internas, o de alguna de estas fracciones en sus disputas con la clase capitalista o tal o cual fracción de esta o viceversa. Su lugar tiene que ser el de aliado subalterno, sí, pero aliado en un bloque de poder con la clase profesional y directiva asalariada (con las mejores condiciones laborales y sociales, así como con igualdad de oportunidades real para que haya movilidad social de los hijos e hijas de la clase obrera a la otra clase de asalariados). Aliados, pues, en un proyecto de “socialismo” a lo chino, eso sí, sin copia ni calco, sino amoldado a las características, peculiaridades, trayectoria histórica, etc., de las distintas formaciones sociales o Estados-nación (y las necesarias alianzas entre ellos para articularse en las escalas geográficas y demográficas globales en la actualidad, que es la de una China, una Rusia, unos Estados Unidos, una India, etc.) Es decir, un bloque continental supranacional (que para España ni empieza, ni termina, ni tiene solo que ser el de la UE (o IV Reich) que navegue en un mundo en donde no hay, ni habrá, desglobalización, sino choque entre la globalización con centro en el Imperio del Centro –es decir, China– y la globalización de Estados Unidos y sus aliados. O ese socialismo aquí descrito, con todo lo inmensamente difícil que es, o, el más probable, capitalismo semáforo 2050 al que parece dirigirse el bloque anglo-germánico y, dentro del mismo, España.

  1. También hay que decir que otras escuelas económicas complementan a esa versión del marxismo en China, como la desarrollista, la schumpeteriana o el Keynes de la “socialización de la inversión”.


Javier Álvarez Vázquez es obrero (auto)ilustrado, técnico de sonido, diseñador gráfico, repartidor de propaganda, camarero, comercial, y desde hace unos años empleado en la FSC CCOO Madrid. Quinta del 72, marxista sin comunismo a la vista para nada, comunista sin partido; por lo tanto, un Ronin o un samurai sin señor, viejo rockero hasta el fin. Presidente de la Asociación La Casamata y director de la revista La Casamata.

La China comunista y Branko Milanović

Hoy, sobre el pueblo chino  pesan también dos grandes montañas, una se llama imperialismo y la otra, feudalismo. El Partido Comunista de China hace tiempo que decidió eliminarlas.

Mao Zedong.

Cuando las cañoneras británicas abrieron fuego contra la flota china en 1839, China entró abruptamente en la época Contemporánea. El estallido de las Guerras del Opio y las subsiguientes guerras contra el poderío extranjero -la de los Boxers, las sucesivas guerras civiles y movimientos sociales contrarios al imperio (los Nian o los Taiping), el Break up of China, las injerencias rusas y la guerra contra la modernizada Japón- acabaron por hundir al Imperio y a la dinastía Qing, poniendo fin al poderío manchú en el “Imperio del medio”.

Las injerencias europeas fueron devastadoras para el modelo socio-económico y político chino. Pusieron al Imperio de rodillas frente a Gran Bretaña, Alemania y Francia, a las que se sumaron Japón, Rusia y EEUU. Las potencias extranjeras se aliaron con los señores de la guerra, que desplazaron del poder al Guomindang dos años después de la Revolución de 1911, e introdujeron las relaciones comerciales desiguales entre las naciones, colocando a China en una posición de dependencia y de endeudamiento. Los bancos chinos no sobrevivieron a las crisis ni a la competencia contra los bancos europeos y la burguesía china tardó tiempo en poder construir sus propias fábricas y negocios adecuados al capitalismo moderno por el peso de la competencia. El comercio de opio, en pleano auge, tuvo un gran impacto en las dinámicas socio-económicas, sin olvidar los enormes cambios que sufrió la infraestructura en las regiones marítimas, como consecuencia de la intensificación del comercio con Europa y los EEUU, o la aparición, en ciertas regiones, del ferrocarril que daba entrada por sus vías a las relaciones del capitalismo moderno. Todo este proceso trastocó las relaciones socio-económicas y produjo un descontento que se manifestó en diversas revueltas y revoluciones, como las mencionadas.

Además de las injerencias europea y norteamericana sancionadas legalmente por los Tratados Desiguales, China debía hacer frente a las relaciones cuasi-feudales que dominaban en el campo. Hasta principios del siglo XX, China era un país mayoritariamente rural. Solo algunas zonas se podían asemejar a las ciudades de tipo moderno, como Cantón o las zonas de la costa china, donde surgieron las fábricas, puertos, ferrocarriles, etc., y donde nació el proletariado moderno. Precisamente Mao era consciente de estas particularidades. Tras unos éxitos efímeros del recién creado Partido Comunista Chino, en 1921, este fue duramente reprimido por las autoridades, lo que empujó a Mao a defender la heterodoxa tesis de trasladar la revolución al campo y considerar a la clase campesina como el sujeto revolucionario.

En 1926, tras la muerte de Sun Yat Sen, fundador del Kuomintag, su sucesor, Chiang Kai-shek, lanzó, con apoyo soviético, una ofensiva victoriosa contra los caudillos del norte. En 1927, Chiang Kai-shek rompió sus relaciones con los comunistas, con los que no pretendía compartir el poder, y dio comienzo a la guerra civil china. El Kuomintang presionó a los comunistas, que se desplazaron hacia el interior y acabaron, tras una derrota gravísima, retirándose en la larga marcha hasta las bases montañosas, donde construyeron un Estado que aplicó una reforma agraria radical. Mao percibió que la desigual distribución de la tierra era el principal problema de China, y que parte de los apoyos que se habían pasado al Kuomintang eran, precisamente, los terratenientes agrarios. Por ello, el PCC se marcó como objetivo prioritario arruinar la base social del Kuomintang y repartir tierras entre los campesinos, mientras los reclutaba.

La guerra civil tuvo que paralizarse ante la ofensiva japonesa y se llegó al acuerdo de alianza entre el Partido Comunista y el Kuomintang, siguiendo el modelo de los Frentes Populares contra el fascismo lanzada por la Kormitern. Durante la Segunda Guerra Mundial, se demostró la corrupción y la ineficacia del Kuomintang, que se desprestigió por sus métodos policiales y represivos, por la lluvia de oro a costa del Estado de las cuatro grandes familias y por su ineficacia militar. Hasta el General Stilwell, asesor de los EEUU en China, se dio cuenta de esta situación y llegó a financiar y armar a los comunistas, hasta que Kai-shek logró que lo relevasen en 1944. Mientras el descrédito del Kuomintang crecía por su incompetencia, los comunistas lograban el efecto contrario. La resistencia, la disciplina y su buen hacer no sólo les otorgaron prestigio en su lucha contra los japoneses, sino que lograron equilibrar la situación frente al Kuomintang. Tanto es así que, en los siguientes cuatro años tras la Segunda Guerra Mundial, los comunistas se hicieron con el control del país, salvo con Taiwan, isla a la que huyó Chiang Kai-chek y que se convirtió en un protectorado de los EEUU.

Durante esos años, Mao lanzó el programa “Nueva Democracia” con la finalidad de reducir el apoyo al Kuomintang, con el que consiguió exitosamente atraer a una parte de la burguesía industrial, de los intelectuales, clases medias, proletariado y campesinado de la liga democrática y de los disidentes del Kuomintang, logrando la hegemonía que llevó a los comunistas, con ayuda soviética, al poder.

China siguió siendo un país pobre durante los años subsiguientes, y no sólo por las erráticas políticas de Mao, que llevaron a desastres humanitarios importantes. Sin embargo, en 1976, a partir del ascenso al poder de Deng Xiaoping, que ya había tenido cargos importantes antes, se inició un programa de reformas que han convertido a China en una potencia económica mundial, con tasas de crecimiento, junto con Vietnam, nunca vistas en muchos países desarrollados. ¿Qué ocurrió? ¿Cuál es el análisis de este despegue?

Mientras que Japón deslumbraba a gran parte de los economistas -al ser una economía cuasifeudal en 1867 y, pocas décadas más tarde, transformarse en una potencia industrial e imperialista-, ni Vietnam, ni la China comunista han despertado el mismo interés, ya que, curiosamente, ponen en duda el paradigma liberal de crecimiento o la necesidad de tener que compaginar la democracia liberal con el capitalismo más o menos regulado.

En la búsqueda de las características del modelo chino nos pueden servir las tesis mantenidas por Branko Milanović en su libro “Capitalismo, nada más” (2020). Milanović defiende que existen dos modelos de capitalismo: el capitalismo meritocrático liberal, basado en la democracia, con una clase media importante (aunque está menguando con las consecuencias de la crisis de 2008 y las del COVID19) y un mercado más o menos regulado, frente al capitalismo político, que definiremos más adelante, y que es el modelo chino, vietnamita, y de algunos otros países.

¿Qué papel, argumenta Milanović, que cumplió el comunismo en estos países? Para Milanović el comunismo en las sociedades más atrasadas y/o colonizadas fue el estadio intermedio entre el feudalismo y el capitalismo. Dicho de otra manera, el comunismo es el equivalente funcional al desarrollo de las burguesías europeas. Los Partidos Comunistas de China y Vietnam lograron llevar a cabo las dos revoluciones pendientes en sus países, la revolución social (que partidos nacionalistas como el Congreso Indio, decidieron no llevar muy lejos) y la independencia nacional de las potencias imperialistas.

El Partido Comunista Chino dio un vuelvo a las relaciones sociales, económicas y culturales del país. Rechazó el confucianismo (ideología de la clase dominante precedente), alfabetizó a la población, transformó las relaciones familiares en dinámicas modernas basadas en la familia nuclear y la igualdad de género, abolió las relaciones cuasifeudales, especialmente en el campo, eliminó a la clase terrateniente con una reforma agraria radical, debilitó las relaciones sociales basadas en el clan, favoreció una educación generalizada donde se dio una “acción afirmativa” a favor de la clase obrera y campesina y renovó casi por completo las élites del Estado chino, que fueron sustituidas por los miembros del PCC. En palabras de Wang Ming, dirigente comunista posteriormente purgado por “inclinaciones troskistas”, Mao levantó, con cierto éxito, “una tosca superestructura de estilo extranjero sobre sólidos fundamentos chinos”, mezclando los viejos clásicos del pensamiento chino con los fundamentos del marxismo-leninismo. El PCC combinó el nacionalismo chino, una relación de ambigüedad respecto a Moscú, y el comunismo adaptado a las necesidades de su revolución social y nacional.

Por consiguiente, China -junto a Vietnam y otros países- al llevar a cabo la revolución nacional y social, lograron, pasado bastante tiempo, construir una clase capitalista autóctona que impulsó la economía, tal y como había pasado en Occidente. La diferencia estribaba en que la transformación del feudalismo al capitalismo se realizó mediante la intervención decidida y potente de un Estado poderoso, en un proceso diferente al de Occidente, donde el Estado tuvo un papel menor y estuvo libre de injerencias extranjeras. El rol del Estado y de las intervenciones extranjeras contra las que hubo que combatir, marca, según Milanović, la diferencia fundamental con Occidente y es lo que ha llevado a los Estados de estos países a tener una faceta autoritaria.

Siguiendo a Milanović, y atendiendo a las tasas de crecimiento brutas, el comunismo tuvo éxito en aquellos países que estaban atrasados y eran rurales, frente a aquellos países que estaban industrializados previamente y avanzados, como la Alemania Oriental o Checoeslovaquia. Los problemas a los que se enfrentaron las economías socialistas europeas fueron la incapacidad de crear y administrar los cambios tecnológicos y la falta de sustituibilidad del capital y del trabajo. En esta línea de pensamiento, los países más ricos socialistas nunca alcanzaron a los países más ricos capitalistas, lo que refuerza la provocadora teoría de Milanović, que refuta la teoría clásica marxista, defendiendo que si se hubiese expandido por los países occidentales habría tenido un éxito menor que en Europa del Este.

Para muestra, esta tabla aportada en el mismo libro sobre el crecimiento de Vietnam y China respecto a los EEUU.

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Tasas de crecimiento del PIB per cápita en China, Vietnam y Estados Unidos, 1990-2016. Los datos están en términos reales, basados en dólares PPA (paridad de poder adquisitivo) de 2011. Fuente de los datos: Indicadores de Desarrollo Mundial del Banco Mundial, versión 2017.

Milanović defiende que China se convirtió en un país capitalista a partir de 1978, con Deng Xiaoping en el poder, siguiendo las definiciones de Weber y Marx sobre el capitalismo. Por ejemplo, en 1977, el 100% de las empresas del sector industrial eran públicas, mientras que, en 2020, el Estado chino sólo controlaba el 20%. De hecho, el número de empleados contratados por el Estado en 2017 está en torno al 9%, incluyendo mano de obra rural y urbana (números similares a los de Francia en los años 80). Desde 1978 se introdujo en el campo el “sistema responsable”, por el que se permitía la propiedad privada en el campo, lo que provocó que el sistema comunal de gestión haya sido sustituido por uno prácticamente 100% privado, de hecho, los trabajadores del campo no son asalariados sino trabajadores autónomos. Además, con el éxodo del campo a la ciudad se espera una intensificación de las relaciones capitalistas en el campo. Las empresas municipales y locales (de propiedad colectiva), que crecieron en el pasado para dar servicios y fabricar diversos productos utilizando el excedente agrario, han ido perdiendo importancia y tienen diferentes tipos de propiedad: estatal, cooperativa y puramente privada.

En China existen grandes compañías privadas y una enorme miríada de empresas medianas y pequeñas, que constituyen las empresas más ricas y que más valor económico generan. Aunque hay más pruebas que demuestran el carácter capitalista de China, haremos un alto en el camino, sin olvidar que, aunque el Estado haya perdido una parte sustancial de las empresas que eran antiguamente públicas, sigue teniendo un papel fundamental en la economía, como en la orientación de las inversiones estratégicas y las empresas que operan en el país.

Como conclusión: ¿qué es el capitalismo político que opera en China y qué características tiene?

La primera característica es la existencia de una burocracia, muy eficiente y tecnocráticamente experta, que vela por que continúe el crecimiento económico y que pone en práctica las políticas para lograr dicho fin. En términos gramscianos, el crecimiento es fundamental para mantener su hegemonía. Dentro del sistema chino existe meritocracia en el interior de la burocracia, necesario para mantener su éxito como clase dominante, especialmente porque no existe el imperio de la ley típico del capitalismo meritocrático liberal.

Deng lanzó las reformas en 1978 con la idea de que la economía debía de transformarse, pero sin aplicar reformas de tipo occidental en el sistema político ni dar manga ancha a las empresas privadas, evitando así que éstas llegasen a acumular tanto poder como para doblarle la mano al Estado y al PCC y dictar sus condiciones, tal y como ocurre en ocasiones en Occidente.

La segunda característica es la utilización selectiva del imperio de la ley, que se aplica contra las empresas competidoras, contra enemigos políticos o miembros indeseables del partido, y que se ignoran cuando es necesario para mantener el poder de la clase dominante (en este caso el PCC). El PCC gobierna desde la arbitrariedad de la aplicación de la ley, o la falta de ella, y es una de las partes consustanciales del sistema.

Este mecanismo genera algunas contradicciones, como el choque entre la formación y existencia de una élite tecnocrática muy cualificada y una aplicación selectiva de las leyes, lo que socava al sistema en sí mismo, ya que dicha élite ha sido educada en la aplicación de la legislación y la acción de acuerdo a las normas. Una segunda contradicción es la corrupción que incrementa la desigualdad y la necesidad de mantener la desigualdad bajo control, por necesidades de legitimación del sistema. Según Milanović, la corrupción es endémica por el poder discrecional de la burocracia. Algunos miembros utilizan su posición para enriquecerse y el abuso de poder es mayor cuanto más alta es la posición. La corrupción es inherente al sistema del capitalismo político, pero si no se le pone freno o va muy lejos, puede minar la legitimidad de la burocracia como clase dominante (y del Partido), a la par que socavaría el crecimiento económico. Es por lo que el PCC, de vez en cuando, realiza campañas contra la corrupción, donde ejecuta unas cuantas cabezas de turco mandando un doble mensaje, contra los que se excedan en su avaricia y para demostrar a la población que existe un compromiso para reducir estas prácticas.

Como conclusión, si el gobierno chino no logra mantener a raya la corrupción endémica y se produce una combinación de crisis económica, aumento de las desigualdades y bajada del nivel de vida, pueden provocarse turbulencias en el gigante asiático, pero si logran poner límites y el crecimiento continúa, el dominio del PCC y de la burocracia estará (por el momento) garantizado.


Pedro González de Molina Soler es pofesor de Geografía e Historia y máster en Relaciones Internacionales.

Editorial: ¿Un emergente imperio chino?

“China es un gigante dormido. Déjenla dormir, porque cuando despierte, sacudirá el mundo”.

Napoleón Bonaparte.

 

“La burguesía, con el rápido perfeccionamiento de todos los medios de producción, con las facilidades increíbles de su red de comunicaciones, lleva la civilización hasta a las naciones más salvajes. El bajo precio de sus mercancías es la artillería pesada con la que derrumba todas las murallas de la China”.

Marx y Engels, Manifiesto Comunista.

Continuamos la aventura de La Casamata con este número dos, dedicado a China. Y empezamos en esta ocasión con dos citas muy interesantes. En la de Napoleón, el corso no llegó a ver lo que sí llegó a ver Marx: que la entrada de la burguesía extranjera –empezando por la británica, a través, por ejemplo, de las Guerras del Opio– en ese milenario “gigante dormido” era posible. La paradoja es que sean unos herederos de Marx, el Partido Comunista de China (PCCh), los grandes promotores del despertar de ese gigante y los protagonistas de su contraataque, dando la vuelta a eso que decían Marx y Engels sobre “el bajo precio de las mercancías” que “derrumba todas las murallas chinas”. El PCCh es el que ahora derrumba otras murallas, esta vez las de aquellos que les sumieron en el “siglo de las humillaciones”. Lo hace, además, no sólo con mercancías baratas, sino con mercancías con tecnología de punta.

Ese despertar y contraataque de China implica un montón de preguntas. En el terreno de la economía política: ¿es China un capitalismo salvaje gestionado por una burocracia estalinista?, ¿es un socialismo sui géneris comparable a la NEP de los primeros años 20 en la URSS?, ¿es una estructura económica compleja e híbrida, donde el capitalismo se encuentra subordinado a un modo de producción estatista que podría describirse como un modo de producción poscapitalista aunque no socialista?, ¿o simplemente es una variedad de capitalismo, como puede ser el socialdemócrata nórdico, el liberal anglosajón o el conservador germano, siendo en este caso un capitalismo de Estado asiático confuciano?

En el terreno de la política: ¿se rompe con China el mantra de la inevitabilidad de la democracia liberal una vez que se llega a un cierto nivel de desarrollo?, ¿se pone de manifiesto que un dictadura es más eficiente que las democracias?, ¿es China la venganza de Platón, Hegel y Marx contra Popper, en el sentido de que una “sociedad cerrada” (autocrática) se muestra como una alternativa y dura competidora a lo que este último denominaba “sociedades abiertas” (las democracias capitalistas)? ¿y si China nos hace revisar las clasificaciones de los regímenes políticos que hicieron los clásicos griegos como Platón y Aristóteles, y resulta que China pudiera ser una aristocracia o gobierno de los mejores frente a la plutocracia/oligarquía o gobierno de los ricos en occidente?

En el terreno de la sociología: ¿es China una dictadura? Siguiendo a Marx, sí, igual que ocurre en toda sociedad de clases y todo Estado, por lo que, independientemente de la forma o régimen político (más democrático o más autocrático o mezclas de ambos), la pregunta es cuál es la clase dominante de turno: ¿es la clase capitalista dominante en China o lo es una nueva clase profesional y directiva asalariada?, ¿cuál es la posición del proletariado y los campesinos?

En el terreno de la (filosofía de la) historia, una vez que el “fin de la historia” de Fukuyama se ha ido por el desagüe, y aunque por supuesto no tenemos la ciencia media como no la tiene nadie, y, por lo tanto, no se puede saber lo que el indeterminado futuro nos depara, a su vez sí que hay tendencias muy fuertes y, por supuesto, sus contratendencias y contingencias posibles de todo tipo. Frente a la filosofía de la historia de Hegel, que veía la modernidad burguesa como la racionalizadora de la historia con el despliegue del “espíritu absoluto” a través de ese “espíritu objetivo” burgués y el “amanecer del espíritu” como preámbulo de la historia, en oriente, concretamente China… frente a Marx, que consideraba el comunismo, traído a través de las revoluciones y las dictaduras del proletariado, como el comienzo de la historia frente a la prehistoria que serían todas las sociedades estatales y de clases tras el “comunismo primitivo”, siendo el “modo de producción asiático” (de nuevo el oriente y por supuesto también China) esa primera sociedad estatal y de clases… ¿puede devenir la China actual en el triunfo de una sociedad que implique una vuelta a ese “amanecer del espíritu” oriental de Hegel o ese “modo de producción asiático” de Marx, pero con las nuevas fuerzas productivas y la nueva clase como protagonistas?

Parafraseando a Weber sobre “el espíritu protestante del capitalismo”, ¿podríamos decir que “el espíritu confuciano del modo de producción neoasiatico” se perfila como el “movimiento real que anula y supera el estado cosas partiendo de las premisas existente”, que decían Marx y Engels sobre el comunismo?, ¿y eso no sería, al fin y al cabo, el culmen de la “racionalidad burocrática” de Weber como la característica esencial de la modernidad llevada a su máximo?

Y si seguimos al filósofo español Gustavo Bueno, concretamente su filosofía de la historia como “vuelta del reves de Marx”; es decir, la dialéctica conjugada de clases y Estados e imperios como “motor” de la historia, y, en su máximo, de imperios que, cuando vencen a otros, son los que hacen historia, ¿qué tipo de imperio es el chino? Dado que no se propone exportar su modelo económico-social-político-ideológico, su imperialismo no sería, siguiendo a Bueno, “generador” (como el macedónico de Alejandro, el romano, el califato omeya, el español, el francés napoleónico o el soviético) ni centrifugo; es decir, teniendo como límite todo el planeta y, por lo tanto, no busca reproducir sus estructuras e instituciones de todo tipo más allá de la gran muralla; en todo caso, busca que las demás sociedades giren a su alrededor y a su conveniencia. Se trataría, por lo tanto, de un imperio centrípeto: el “imperio del centro”. Pero, a la vez, tampoco parece ser un imperialismo “depredador” (el contrario del “generador”) como el persa, ateniense, mogol, otomano, británico, holandés, la Alemania nazi, la UE alemana como Cuarto Reich o el norteamericano, ya que con América Latina, África o Asia, a través de su presencia comercial, es mucho menos “depredador” que otras potencias, como las occidentales, ya que eleva el nivel de estos aunque no les hace ni busca hacerlos chinos o “nuevas chinas”. ¿Y si nos encontramos, de ahora en adelante, ante la decadencia del imperialismo liberal anglosajón, protestante, capitalista y depredador (antes, el Imperio inglés que venció al español y, después, el norteamericano que venció al soviético), que han dominado la modernidad capitalista, ante el emergente imperio estatista, socialista, capitalista de Estado y confuciano chino?