La cuestión nacional en España y el socialismo

La cuestión nacional fue teorizada en el marxismo por parte de Otto Bauer (1907), Stalin (1913), y otros pensadores, en el momento en el que el nacionalismo de tipo alemán se convertía en hegemónico en Europa. Este nacionalismo consideraba que la nación era fruto de pulsiones inconscientes, del “espíritu del pueblo” (Volkgeist), la lengua, la geografía, la historia, la cultura común, y acabó fomentando el militarismo, el racismo y el patrioterismo, que llevó a los combatientes a marchar alegremente al combate en la Gran Guerra (1914). Aunque la alegría duró poco, con las terribles condiciones de la guerra de trincheras y las masacres de soldados sin sentido, muertos por tomar unos centenares de metros de tierra yerma, el nacionalismo jugó un papel esencial en el estallido del conflicto, en los sucesos que llevarían a la Segunda Guerra Mundial, y en un sinfín de conflictos de todo tipo que se extendieron hasta la actualidad.

Bauer definía la nación desde un punto de vista “culturalista”, como un conjunto de elementos…

… que aparecen en la estructura básica del espíritu, en el gusto intelectual y estético, en el modo de reaccionar a los mismos estímulos, cosas en que fijamos la atención si comparamos la vida espiritual de las diferentes naciones, su ciencia y su filosofía, su poesía, música y arte plástica, su vida pública y social, su estilo y sus hábitos de vida.

Bauer consideraba que la nación se definía en su momento actual, sin tener una vinculación con los antepasados, oponiéndose a las tesis organicistas que venían asociadas al nacionalismo de tipo alemán. La nación es construida desde el desarrollo de las fuerzas productivas, el desarrollo cultural y el devenir de la Historia, que conforman una comunidad de carácter y de destino, enfrentándose a las posturas ahistóricas típicas del nacionalismo.

Bauer defendía el desarrollo de las comunidades culturales, dentro de Austria-Hungría, con una administración general y que pudiesen cobrar impuestos, pero evitando su separación en varios Estados basados en raíces étnicas. También abogaba por tratar de evitar la competencia fiscal que se producirían entre ellas en caso de tener un autogobierno fuerte. Para Bauer era necesario combatir al nacionalismo que podía arrastrar a las masas explotadas al apoyo de sus propios explotadores, quienes los lanzarían al combate contra “el enemigo nacional” de turno, asegurando su hegemonía. El programa fue impracticable, pero no le faltaba razón en el análisis.

Stalin, sin embargo, desarrolló el concepto de nación alrededor de la siguiente idea:

[La] nación es una comunidad humana estable, históricamente formada y surgida sobre la base de la comunidad de idioma, de territorio, de vida económica y de psicología, manifestada ésta en la comunidad de cultura.

Se trata de una noción que tiene ciertos parecidos con la definición de Bauer, aunque con más resabios del nacionalismo de tipo alemán.

No es sorprendente que los principales teóricos del marxismo de la época sobre la cuestión nacional (o problema nacional) fuesen dos personas que pertenecían a imperios multinacionales, aquejados de problemas serios -más en el caso austro-húngaro que en el ruso-, con nacionalismos irredentos y de conformación de una identidad nacional que aunase a la mayoría de la población. Tanto Rusia como Austria-Hungría se hundieron ante el peso de la guerra de masas y acabaron, durante la guerra, Rusia con el estallido de una Revolución “que conmocionó al mundo” (John Reed), y Austria-Hungría, con el armisticio, dejando de existir, dividida en numerosos Estados pequeños y enfrentados entre sí.  Austria-Hungría sólo estaba unida por la figura de su emperador, el longevo Francisco José I que, con su muerte en 1916, aceleró la descomposición, ya avanzada, de un Estado multinacional enfrentado a las minorías eslavas, checas, polacas e italianas.

En 1917, Vladimir Ilich Ulianov lanzó “el principio de autodeterminación de los pueblos”, que coincidió, aunque por motivos diferentes, con la propuesta del presidente Woodrow Wilson en sus famosos “14 puntos para la paz”. Para Lenin, el principio de autodeterminación era una forma de debilitar a las potencias imperialistas y ganarse a los pueblos oprimidos por los europeos para la causa del comunismo. De hecho, la Tercera Internacional organizó, bajo auspicios del gobierno soviético que estaba inmerso en los últimos compases de la guerra civil, en 1920, en Bakú (Azerbaijan), un Congreso donde participaron 2850 delegados de diversas naciones (Irán, Irak, Palestina, Kurdistán, China, etc.) oprimidas por los occidentales. Algunos de estos delegados murieron intentando llegar al Congreso o a la vuelta del mismo a manos de las autoridades de sus países (o de los británicos, en el caso iraní). En el Congreso se debatió sobre la situación de los países colonizados y sobre las posibilidades de maridaje entre el islam y el comunismo. Tras el Congreso se establecieron movimientos socialistas o comunistas en muchos países, como en China, aumentando la influencia comunista en el mundo dependiente.

Rosa Luxemburgo, sin embargo, criticó la propuesta de Lenin, al considerar que la independencia de su país, Polonia, acabaría, como finalmente ocurrió, en manos de los sectores reaccionarios. Lenin consideraba que la forma de consolidar el dominio soviético sobre el antiguo territorio zarista pasaba por dar voz a los pueblos oprimidos por la Rusia absolutista y que no hacerlo mantendría la dictadura. Mientras que Luxemburgo, que se oponía por las razones mencionadas antes, entendía que la utilización del “principio de autodeterminación de los pueblos” era un recurso táctico ante una situación política concreta y no un principio transmutado en verdad absoluta.

Para Wilson, el “principio de autodeterminación de los pueblos” estaba pensado para los países derrotados en la guerra que tenían problemas nacionales, lo que ayudó a la desaparición de Austria-Hungría, la desmembración del Imperio turco otomano, la pérdida de las colonias (y algunos territorios) alemanes y la independencia de zonas bajo dominio ruso (como Polonia), mediante un referéndum afirmativo.

El principio de autodeterminación expuesto por Wilson alentó a las nacionalidades sin Estado y a aquellos que querían separarse de otras naciones a formar Estados propios. Lo cierto es que el principio se aplicó a medias, debido a las múltiples tretas que usaron los franceses e ingleses. Éstos se repartieron los restos del Imperio colonial alemán, bajo el auspicio de la recién fundada Sociedad de Naciones, e incumplieron su palabra hacia el mundo árabe al repartirse las antiguas posesiones otomanas en el Tratado de Sykes-Picot. También Francia impidió la unión de Alemania y Austria, pese al referéndum afirmativo de unión realizado en Austria, que luego sería absorbida por Hitler con el “Anschluss” en 1938. La realpolitik se impuso sobre las buenas intenciones del presidente estadounidense. De hecho, la socialdemocracia austríaca (SPÖ), con Otto Bauer a la cabeza, se opuso a la desmembración del Imperio austro-húngaro, con escaso éxito, sabiendo que iba a debilitar a la clase obrera al ser separada en países de escasa entidad y fronteras y más tarde llegaría a apoyar la unión con Alemania.

Stalin utilizó el nacionalismo durante la Segunda Guerra Mundial y los viejos símbolos de la Rusia zarista, para movilizar al pueblo soviético contra el invasor nazi-fascista, con gran éxito. No en vano, en Rusia se llama a la Segunda Guerra Mundial “la Gran Guerra Patriótica”. El nacionalismo resurgió como fuerza cohesionadora en diversas repúblicas soviéticas, yugoslavas, checoslovacas, y de otros países del Este, en sustitución del marxismo-leninismo deformado por Stalin, cuando el sistema entró en crisis. De hecho, el nacionalismo aceleró la crisis que provocó la desaparición del bloque del Este entre 1989-91, y durante los años 90, en la antigua Yugoslavia.

La ONU tomará dicho principio refiriéndose principalmente al deber de las potencias colonialistas de descolonizarse y dar un marco jurídico para aquellas antiguas colonias, que, de acuerdo con la metrópoli o en contra de ella, lograsen independizarse. En este caso, el derecho de autodeterminación adquirió el significado de lucha por la independencia de los países colonizados. ETA, escisión de las juventudes del PNV, trató de maridar este principio con el marxismo, considerando de que el País Vasco era una colonia interior oprimida por unas fuerzas de ocupación (españolas) y que, por tanto, se les aplicaba dicho derecho.

En el caso español, la cuestión nacional va a intentar ser solucionada con mayor o menor éxito. En el turbulento siglo XIX, se trató de dar una solución federal durante la Primera República, que no llegó a aplicarse, mientras que los carlistas, el cantonalismo y la Guerra de Cuba hicieron inviable la propia República. A finales del siglo XIX surgieron el autonomismo andaluz, enraizado en el federalismo, el nacionalismo burgués catalán y el nacionalismo vasco, nacionalismos ambos de corte alemán-organicista. Por otro lado, surgió, durante el siglo XIX, el carlismo, que tuvo influencia en el nacionalismo vasco y en Navarra, con la defensa de los fueros.

A principios del siglo XX, el empuje del nacionalismo catalán conservador llevó a una solución de compromiso para el problema nacional: la Mancomunidad catalana, que duró de 1914 hasta su abolición en 1925 por la dictadura de Primo de Rivera. La Mancomunidad tenía competencias muy limitadas. Con la caída de la dictadura y la proclamación de la Segunda República emanó una tensión entre el sector federalista catalán capitaneado por ERC, donde existía un pequeño grupo independentista, y el resto de firmantes del “Pacto de San Sebastián”. Esta tirantez se solventó con una solución de compromiso que tuvo su concreción con el Estatuto de Autonomía de Cataluña, en el marco del Estado integral republicano, que siguió teniendo escasas competencias (aunque más que la Mancomunidad). Se aprobó también el vasco, en 1936, lo que favoreció que esta región fuese leal a la República en la Guerra Civil, e igualmente hubo proyectos en Galicia y Andalucía, cortados por la sublevación militar.

Cuando cayó el gobierno republicano-socialista, derrotado en las elecciones de 1933, fue sustituido por un gobierno radical-cedista (el “contubernio”, en palabras de Niceto Alcalá Zamora), que trató de obstruir la actividad legislativa de la Generalitat y el Parlament. Esto llevó a ERC a proclamar la “República Federal catalana en el interior de la República federal española”, en 1934, mientras en Asturias se producía un proceso revolucionario contra la entrada de ministros de la CEDA, que se consideraban “accidentalistas” con la forma de gobierno, y que usaban parafernalia fascista en un momento en el que Dölfuss había dado un golpe de Estado en Austria y eliminado al SPÖ. El choque fue favorable al gobierno, que utilizó al ejército contra los Mossos de Escuadra dirigidos por la Generalitat. El gobierno catalán acabó en la cárcel hasta que fue excarcelado tras la victoria del Frente Popular. Los militares usaron dicho movimiento como casus belli para iniciar un golpe de Estado, en 1936, junto con otros motivos, para evitar “el separatismo” y el final de España como nación unida.

Durante la Guerra Civil, aprovechando el caos en la zona gubernamental, se produjeron movimientos de desobediencia al gobierno republicano o de autonomismo de facto, que debilitaron la causa republicana. El gobierno de ERC fue mediatizado de forma importante por la CNT-FAI, que tomó decisiones desacertadas como la invasión de Mallorca, anunciada por la prensa, y que acabó siendo reprimida (CNT-POUM) en las jornadas oscuras de “los sucesos de Barcelona” de 1937. En Asturias se produjo el “gobernín” (Azaña), que separado de la zona republicana por la zona rebelde, trató de hacer la guerra por su cuenta. En el País Vasco, tras la toma del norte, el presidente del PNV, Aguirre, colaboró con el OSS -antecesor de la CIA- y trató de lograr la independencia del País Vasco, apoyada por los EEUU, con nulo éxito. Estos movimientos enfadaban al PSOE, que constituía la parte mayoritaria del gobierno del Frente Popular, y, especialmente, a Negrín.

El PSOE tenía relaciones con el federalismo, que variaron durante el tiempo, debido a que la frontera entre el republicanismo federal y el socialismo era muy porosa a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. El socialismo dirigido por Pablo Iglesias empezó siendo hostil a la idea federalista. Pero, a partir de las alianzas con los republicanos y la institucionalización del partido, en 1910, el PSOE comenzó a virar hacia la “descentralización político-administrativa”. Aunque oponiéndose al nacionalismo vasco, por racista y conservador, se llegó, incluso, a apoyar la posibilidad de un estatuto para Cataluña, una posición que se rompió durante la huelga de la Canadiense, por el apoyo de la burguesía catalana a la represión obrera. Durante la Segunda República, el PSOE defendió el voto favorable al estatuto de autonomía catalán, y luego vasco, aunque rechazando establecer un estado federal como en Alemania o los EEUU. Durante la dictadura franquista, el PSOE se acercó, de nuevo, de la mano de Anselmo Carretero al federalismo, con declaraciones retóricas a favor del mismo, que acabaron mutando en un apoyo decidido al autonomismo tras el 78. El federalismo prendió especialmente en el socialismo catalán, más que en el resto de las comunidades de nuestro país.

El PCE-PSUC se posicionó en el debate constitucional contra el derecho de autodeterminación de los pueblos, tal y como estaba desarrollado en la enmienda Letamendía, con las sonoras ausencias “por motivos de vejiga” de Miquel Roca y los representantes del PSC. En realidad, el PSOE también se opuso, en dicha comisión, a incluir este principio en la propia Constitución. Jordi Solé Tura (PCE) hizo una interesante reflexión sobre este asunto:

Como principio general, el derecho de autodeterminación es, a mi entender, un principio democrático indiscutible, pues significa que todo pueblo sometido contra su voluntad a una dominación exterior u obligado a aceptar por métodos no democráticos un sistema de gobierno rechazado por la mayoría tiene derecho a su independencia y a la forma de gobierno que desee libremente.

Sostenía Solé Tura que había diferencias claras entre la posición socialista y comunista respecto a la de los nacionalistas:

La diferencia radical entre uno y otro concepto del derecho de autodeterminación es que la izquierda no nacionalista lo entendía como un principio que permitiría derrotar a los independentistas con métodos democráticos, es decir, oponiendo a las pretensiones de separación y de independencia la voluntad de una mayoría democráticamente forjada. Por eso comunistas y socialistas de izquierda proclamaban que eran partidarios del derecho de autodeterminación, pero al mismo tiempo se oponían a la separación y a la independencia de Cataluña, del País Vasco y de cualquier otra parte de España. El ejercicio de autodeterminación era visto como una vía para fortalecer la unidad de España como país plurinacional.

De hecho, señalaba que un sector de los nacionalistas y de la izquierda, inspirados en la Revolución cubana, defendía que sus regiones eran naciones oprimidas de manera colonial por parte de España, lo que les alejaba de las posiciones socialistas y comunistas.

Posteriormente, el término quedó entre abandonado, fosilizado en documentos de Congresos sin aplicación práctica, como discursos sin solución de continuidad, y como ejercicio retórico para consumo interno. La cuestión acabó resucitando con la aparición del procés catalán, que ha influido enormemente en la política española de manera negativa, por ejemplo, haciendo resurgir una visión más radical del nacionalismo español. Un procés en el que primero se utilizó el término blando del “derecho a decidir” -al que es difícil oponerse- para pasar, finalmente, a la independencia a través de un referéndum sin garantías, que acabó con lamentables cargas policiales, una declaración de independencia exprés con cara de funeral por parte de quienes la pronunciaban, la huida del president, y todo lo demás que ha acontecido en estos últimos años.

Uno de los grandes problemas es que un sector de la izquierda, especialmente en Cataluña, se vio obnubilada de manera a-crítica con el procés, hasta el punto de que o lo apoyaron de alguna manera (en algunos casos pasándose a ERC), o hicieron dejación de las funciones de crítica que conlleva la práctica política. El propio Solé Tura, de hecho, advertía hace años de esta posibilidad, señalando:

A mi entender, esa ambigüedad es muy peligrosa porque las fuerzas de izquierda no pueden ser ambiguas, so pena de dejar de ser de izquierda. En un país como el nuestro, a estas alturas del siglo XX, creo que no se puede seguir hablando del derecho de autodeterminación como mero principio ideológico, es decir, sin explicar claramente sus implicaciones políticas y, por tanto, sin ponerlo en relación con nuestro proceso histórico, con el modelo de Estado que hemos heredado y con el que se define en la Constitución, con las transformaciones sociales producidas, con los valores dominantes en la sociedad y con el papel de España en el contexto europeo y mundial.

Parece que Solé Tura hubiera adivinado el futuro en este párrafo tan certero:

Un conflicto de estas características no sería un choque entre la «izquierda» y la «derecha», ni entre el «progresismo» y la «reacción», sino un conflicto que atravesaría todas las clases sociales de Cataluña –en nuestro caso– y de España y que escindiría profundamente la sociedad de la propia nacionalidad que pretendiese convertirse en Estado independiente. Una batalla política y social de estas dimensiones convertiría a las fuerzas más derechistas en el principal núcleo de reagrupamiento de vastos sectores sociales –incluso de sectores obreros–, reavivaría hasta extremos insospechados el viejo nacionalismo español de las glorias imperiales, daría a las Fuerzas Armadas un protagonismo decisivo, muy superior y muy diferente al que les asigna la Constitución y colocaría a la Corona y al conjunto de las fuerzas democráticas en una situación defensiva extremadamente difícil, pues o bien tendrían que aceptar pasivamente la alternativa y el hecho de la independencia, con lo cual perderían la iniciativa política, o bien tendrían que combatirla, con lo cual irían a remolque de las fuerzas más antidemocráticas. Es difícil pensar, por otro lado, que un choque de estas características podría terminar tranquilamente con la independencia de una parte del territorio español o con la negación violenta de la independencia, sin destruir el sistema democrático de la Constitución de 1978.

Lo cierto es que España, por su estructura territorial y su historia, tiende hacia una estructura federal o federalizante. Su propia orografía e historia ha impedido durante el siglo XX la imposición de un Estado centralista salvo manu militari.  Los nacionalismos se necesitan los unos a los otros para subsistir. En ese choque la cuestión social, tal y como hemos visto en varios momentos en Cataluña, acaba desapareciendo o queda en un segundo plano, pasando a la política de las emociones y la división.

Durante la pandemia las estructuras federalizantes han funcionado moderadamente bien, con la excepción de la rebelión madrileña. Es hora de retomar el federalismo, aunque con algunas dosis de asimetría, como forma de solventar la cuestión nacional en España. Esto supone asumir que las lenguas y las distintas culturas (que son siempre mestizas) forman parte del acervo cultural español y nos enriquecen como país y como individuos. Esto supone reformar el Senado para convertirlo en una verdadera cámara territorial. Realizar una segunda tanda de descentralización pasando competencias de las Autonomías a los municipios y traspasando todas las competencias de las Diputaciones provinciales (salvo los Cabildos y los Consell) a las comunidades autónomas. Delimitar las competencias entre el Estado y las comunidades autónomas, y constituir un reparto fiscal justo y solidario, acabando con el dumping fiscal de Madrid. Sería interesante repartir parte de las instituciones del gobierno central por el país. Para que estas reformas sean exitosas hay que establecer mecanismos de coordinación, cooperación, solidaridad y responsabilidad entre todas las comunidades autónomas y el Estado central. Hay que aprovechar los fondos europeos para volver a repartir las cartas de las oportunidades en este país y combatir, por ejemplo, la despoblación de algunas provincias, y repartir de manera más justa el poder. Es una oportunidad que no debemos desaprovechar.

La llegada del federalismo no será inmediata y va a ser compleja por la oposición de las derechas, pero hay que sembrar las semillas del debate para que pueda germinar en la sociedad y el cambio sea posible.

Pedro González de Molina Soler es pofesor de Geografía e Historia y máster en Relaciones Internacionales.

Javier Couso: una mirada poco habitual de España desde la izquierda

El presente es un extracto del libro En pie de calle (Akal: FOCA, 2020, pp. 101-113) publicado con permiso de Ediciones Akal.

Capítulo IV, Política nacional

Pregunta – Laura Pérez Rastrilla: Tienes una concepción del Estado poco habitual dentro de la izquierda española. ¿Siempre fue así?

Respuesta – Javier Couso: Desde el inicio de mi trayectoria política me he mantenido alejado de la defensa de los nacionalismos independentistas. En los movimientos sociales éramos muy críticos con la idea de patria, teníamos una visión internacionalista. Además, para mi generación, que nace al final del franquismo y que vivió los años de la transición, la idea de patria estaba vinculada al nacionalcatolicismo. El fascismo tenía capturada la idea de España y nosotros habíamos aceptado eso como algo natural.

Pero viajando me di cuenta de que esa no era la única lectura posible. En otros lugares, el concepto de patria no generaba ese rechazo. Cuando hacíamos giras con los grupos de música en los que tocaba, me sorprendía ver que los punks mexicanos llevaban la bandera mexicana con una anarquista. Esto se repetía en todos los países de América Latina y, prácticamente, en todos los países del mundo.

 

¿Se puede comparar España con cualquier otro país a la hora de definir qué es España y el Estado español?

Está claro que en nuestro país siempre ha habido un problema de encaje territorial. Lo podemos ver si nos remontamos hasta la misma formación del Estado. Su origen es una serie de pactos entre diferentes entidades, como queda reflejado en el escudo de España, y, en esa unificación, determinados poderes mantuvieron su diversidad.

En la Primera República intentaron abordar la cuestión territorial, tanto Salmerón como Pi i Margall. El presidente era un defensor del federalismo, es decir, entendió la diversidad de este país y que la convivencia sólo era posible desde el respeto a esas identidades. En la Segunda República se intentó solucionar la cuestión a través de los estatutos. Incluso al franquismo no le quedó más remedio que asumir esa diferencia. Hubo persecución de las lenguas gallega, vasca y catalana, pero no sólo no desaparecieron, sino que hubo que permitir que algunas elites las hablaran. Esto lo he vivido en mi propia familia. Una parte luchó con la República y otra con el franquismo y, precisamente, mi abuelo franquista hablaba y pensaba en gallego.

Mi idea del Estado se desmarca de la izquierda independentista actual en el sentido de que entiendo que existe un sentimiento cultural, e incluso de nación, pero siempre he sido partidario de conformarnos como una federación, porque España existe. Lo hemos visto en la crisis catalana. No es un enfrentamiento de España contra Cataluña, el problema es que, muchos menos de la mitad se sienten sólo catalanes y el resto españoles y catalanes.

 

Teniendo en cuenta tu idea de Estado y de España, crisis territoriales e identitarias como la catalana deben de ser difíciles desde la izquierda.

Para mí ha sido un choque interno. Por un lado, no puedo entender que en la izquierda seamos subalternos de las burguesías más reaccionarias y defensoras del neoliberalismo, como es el caso de la burguesía catalana. No dejaba de preguntarme qué hacíamos nosotros acompañándolas. Por otro, echaba de menos un discurso menos ambiguo.

Como he dicho, Pi i Margall lo tenía claro: el republicanismo federalista era español. Hasta Companys hablaba de la independencia de Cataluña dentro de la República española. Además, en términos estratégicos, también hay que considerar que todos los proyectos catalanistas hacia el resto de España han fracasado, desde Cambó en la Segunda República hasta Miquel Roca.

Creo que, acertadamente, Enric Juliana y José Antonio Zarzalejos señalaron que, actualmente, mantener una posición ambigua en esta cuestión es renunciar al liderazgo de la izquierda en todo el territorio. Y, en este sentido, Podemos ha supuesto una gran decepción. ¿Qué hacen ahí? ¿Cómo lo explican? ¿Dónde está la idea del Estado que quieren presidir? ¿Entienden los sentimientos del resto de España y de la Cataluña no independentista? La izquierda perdió la oportunidad de liderar un proyecto progresista, entendido en todo el territorio y con la capacidad de cohesionar la diversidad que caracteriza a España. El resultado de esa carencia es que se han limitado a funcionar como el apéndice minoritario del PSOE.

 

La sentencia supuso un punto de inflexión que reavivó la tensión. ¿Era previsible ese escenario?

Está claro que tras la sentencia del Tribunal Supremo nos encontramos con una situación agravada, pero lo esperable era una respuesta dura. Las circunstancias que se plantearon no eran un juego; se cuestionó al Estado y el Estado respondió con dureza. Hay un historiador que decía «a la independencia de un país se llega con una mayoría del 80 por 100 o tras una guerra». En el caso catalán no se cumple la primera premisa. Si tenemos en cuenta el número de votos, la mayoría la obtienen los partidos no independentistas. En las elecciones de noviembre de 2019 el porcentaje de votos de los partidos independentistas resultó en torno al 43 por 100; si sus representantes políticos obtienen más escaños es por la ley electoral.

Afortunadamente, tampoco podemos hablar de la segunda premisa en el caso catalán, a pesar de las palabras de Quim Torra, presidente de la Generalitat, aludiendo a la vía eslovena como mecanismo para llegar a la independencia. En el caso esloveno la independencia llegó tras enfrentamientos armados en el marco de la desintegración de la República Federal de Yugoslavia y gracias a poderosos apoyos externos, interesados en la atomización de un estado, como era Yugoslavia, que chocaba con el nuevo orden mundial.

 

Como has citado, el movimiento independentista ha intentado buscar referencias en otros procesos históricos, ¿crees que se puede comparar el caso de Cataluña con otros procesos políticos? Y, si es así, ¿cómo crees que podría evolucionar?

El modelo que ha seguido el movimiento independentista para lograr imponer la declaración unilateral de independencia es calcado a las revoluciones de colores y a los manuales de desestabilización de Gene Sharp. Es algo más que anecdótico las similitudes con el Maidán o el movimiento en Hong Kong. Con este último se han declarado el apoyo mutuo.

Una consecuencia que temo es que la escalada de tensión pueda llevar a un enfrentamiento civil más serio, en un contexto en el que el independentismo no alcanza o está en torno a la mitad de la población. Otro efecto muy negativo es que el tema sigue copando los debates y está siendo aprovechado por las elites para ocultar cuestiones sociales que se encuentran en un estadio grave. También está retroalimentado la irrupción y el crecimiento de un nacionalismo español ultra, que vehiculan en las urnas Ciudadanos y, sobre todo, Vox.

Considero que este es un momento muy delicado, porque dependiendo de cómo se gestione el conflicto podría conducir a un enfrentamiento civil cada vez más violento.

 

En este punto, ¿cuál crees que debe ser la posición de la izquierda?

Me parece que es necesario que la izquierda aclare que no se puede apoyar un movimiento unilateral por la independencia que sólo tiene el 43 por 100 de los votos. El Estado cuenta con la legitimidad de una mayoría de los ciudadanos con conciencia de ser españoles y que, además, asumen con normalidad la diversidad cultural e idiomática.

Si el independentismo quiere insistir en su objetivo, deberá dejar a un lado la declaración unilateral de independencia y dedicarse a intentar conquistar políticamente al resto de la población que no quiere la independencia. Con una fuerza que hoy no tiene, podrá salir del atolladero en el que se encuentra actualmente, generar un debate con representantes políticos no catalanes e incluir una reforma de la Constitución que permita, por ejemplo, un referéndum. En ese marco, lograría también la libertad de los condenados.

Por su parte, la izquierda debe reconectar con esa España real, que existe, que no es ultra y que respeta y se enorgullece de la diversidad de su país, para poder proponer como solución una España federal y republicana. Si seguimos manteniendo el apoyo total o la equidistancia por motivos electorales, sólo conseguimos regalar España a los sectores de la derecha y de la extrema derecha. España no es sinónimo de rancio, ni de Franco, ni de pandereta. Podemos hablar con orgullo de la España de Lorca o de Miguel Hernández, que no tienen nada que ver con el fascismo y que representaban la cultura ciudadana y obrera española.

Pero mientras sigamos en esta tesitura de cobardía iremos perdiendo apoyos paulatinamente, de lo que se beneficiarán los dos grandes partidos del régimen, PSOE y PP, la extrema derecha crecerá y el problema se cronificará.

Sé que este discurso rompe con el actual eje binario del mal y del bien, a lo que muchos responden con insultos y violencia, pero esto es lo que siento. Veo que la respuesta de la izquierda española a la cuestión catalana nos acerca cada vez más a la tendencia decadente de la izquierda en el resto de Europa. Necesitamos una izquierda fuerte y emancipada de movimientos liberales y reaccionarios, que no oculte su compromiso con una España federal común en la que todas las identidades sean respetadas.

 

Sobre el papel puede ser una solución ideal, pero parece una idea desco­nocida, poco arraigada entre la población y ausente en los discursos polí­ ticos y mediáticos. ¿Cómo debería proponer la izquierda esa alternativa federal o confederal para convencer a los ciudadanos?

La única manera es la normalización de esa opción. Para salir de la confrontación hay que hacer pedagogía, pero en la izquierda no lo hemos hecho. En España, la izquierda identificó, durante mucho tiempo, los procesos independentistas con reivindicaciones de izquierda per se. Eso ha dejado un lastre que impide entender a la otra parte de España, que no comprende lo que ocurre y que se opone visceralmente a esas regiones con movimientos independentistas. Para intentar comprender ese recelo no podemos obviar que los movimientos independentistas emergen en las zonas más industrializadas del estado, levantadas con mano de obra barata procedente del resto de España.

En la materialización de esa organización territorial, una parte del trabajo ya está hecho. En España tenemos características federales que muchos países federales no tienen. Si comparamos la transferencia de competencias con Alemania, España va más allá en la descentralización. Pero, aun así, no hemos conseguido completar ese encaje.

 

¿Crees que un referéndum es la solución?

Inicialmente sí que consideré que un referéndum pactado, como sucedió en Quebec o en Escocia, podría ser una buena opción para solucionar el problema. Pero, teniendo en cuenta las cifras, reconsideraría el referéndum como solución. El porcentaje de voto independentista no es suficiente para poner en cuestión la existencia de España. Hasta en los lugares donde la posición independentista es más alta no se puede plantear una secesión con la mitad, o menos, de la población. En esta reflexión también es un factor de peso el hecho de que al gran capital le molestan los estados-nación. Sus think tanks llevan años teorizando sobre la atomización en pequeñas naciones dependientes.

Pero lo más grave de esta crisis para la izquierda es que hemos caído en la trampa del enfrentamiento entre personas que tienen los mismos problemas, pero que se alían con las elites detrás de una bandera. Ese comportamiento ha conducido a la victoria de las derechas neoliberales, hablen en castellano o en catalán.

Como en otras ocasiones, se ha utilizado ese enfrentamiento nacionalista para ocultar cuestiones de clase, la degradación de la calidad de vida, el problema del diseño industrial en España o nuestro posicionamiento geopolítico respecto a Europa y EEUU.

Mi opinión es que la izquierda ha errado alineándose con el independentismo. El reconocimiento de identidades diferenciales no puede conducirnos a profundizar el distanciamiento entre regiones ricas y pobres o a quedarnos en la simplificación de negar la existencia de España. Por eso, no estaría de más recuperar la tradición federal real del movimiento obrero español, como nos lo enseñaron la Primera y la Segunda República. Hay que matizar que, en la situación actual, la socialdemocracia también tiene su cuota de responsabilidad, que se ha limitado a mantener el consenso con la derecha para no cambiar el modelo autonómico, a pesar de ser evidente que no funciona para todos.

En la izquierda tenemos que centrarnos en lograr la fuerza suficiente, que ahora no tenemos, para ir a un proceso constituyente en el que se reconozca el carácter federal del Estado y entender nuestra diversidad como una fortaleza. Por ejemplo, en Bolivia, donde conviven más lenguas y culturas que en España, han logrado un estado plurinacional cohesionado, aunque amenazado por la extrema derecha, racista y de raíz evangélica. La izquierda de nuestro país no puede renunciar a pelear por ello y dejarlo en manos de la derecha y la extrema derecha.

 

Aunque la respuesta de la derecha no sería la misma que en 1936, ¿cabe esperar que habría resistencia a una reconfiguración territorial?

Nunca se sabe… estamos viendo cómo la posición unilateral del independentismo, que persigue la ruptura sin contar con la mayoría de la población, retroalimenta la emergencia de un nacionalismo español ultra que crece poco a poco, devorando a Ciudadanos y comenzando a competir con el PP.

 

El contexto es diferente, así que podemos aventurar una respuesta dis­tinta. ¿Estimas posible alcanzar algún pacto con la derecha sobre la forma de organización del Estado?

Ocurriría como en todos los cambios sociales. Ellos mismos se darían cuenta de que también los favorece. La derecha sabe que necesita una renovación. El apoyo al Partido Popular ha descendido notablemente; por la franja de edad en la que están la mayoría de sus votantes y porque lastra un problema de corrupción estructural. Por eso, los grandes poderes han lanzado la nueva derecha representada por Ciudadanos, creando un escenario en el que se ha colado la extrema derecha de Vox, que es nacionalista y ultraliberal.

Por otro lado, ganar a esa derecha, que no entiende que tiene que haber una reconstrucción de un país que está teniendo graves problemas en el encaje territorial, es parte de la batalla ideológica.

El problema es que nosotros no hemos dado una respuesta alternativa, y hemos jugado más cerca de la derecha catalana que de la mayoría de la población de nuestro país. Esto hace que la situación sea más complicada, pero necesariamente tiene que pasar por un pacto. A no ser que se logre movilizar a un 60 por 100 o 70 por 100 de los electores para que apoye un proceso constituyente, como se ha dado en América Latina o en otros muchos países, no saldremos de ahí sin un acuerdo previo.

La extrema derecha de Vox ya ha influido en el discurso de toda la derecha, se consolida en gobiernos autonómicos y, si continúa esta tendencia ascendente, podría entrar en un gobierno central junto con el PP. Para evitar ese escenario es necesario tomar una posición, alejarse de ambigüedades y compartirla con tu población para que la conozca, la asuma y la pelee. Pero no estamos en esa situación. Los que apostamos por un nuevo modelo de país para que se acabe de una vez con estos problemas territoriales, que opacan todo lo demás, hemos quedado arrinconados.

 

Has mencionado que uno de los personajes históricos que admiras es el general y político francés Charles de Gaulle. ¿Qué peso tiene en esta concepción que tienes de la defensa de la unidad de España?

La realidad francesa no es la misma que la nuestra. El poder republicano es un poder central, jacobino. Un momento muy ilustrativo fue la visita de Macron a Córcega. El movimiento independentista corso, que practicó la lucha armada, ofreció llegar a un acuerdo para que el idioma fuera cooficial y se respetara su cultura diferencial. La respuesta del Estado francés fue que no les van a dar ni agua. Es una concepción republicana absolutamente diferente a la nuestra. La República española, tanto la Primera como la Segunda, sí entendía el problema nacional e intentó solucionarlo con una base federalista, pero en Francia no ha sido así. Entonces, no puede haber ninguna comparación en ese sentido.

Pero una dimensión que sí admiro de De gaulle es su valentía para actuar con coherencia al concluir que no podía mantener la ocupación de Argelia por la fuerza. Él intentó ganarla militarmente y, al darse cuenta de que no se podía imponer, facilitó la independencia. Con esta decisión entró en un periodo muy complicado a nivel personal, llegando a ser víctima de varios atentados. En uno de ellos, atravesaron completamente el Citroën en el que viajaba con su mujer y se libró por poco.

De Gaulle también es interesante por la salida que encuentra para lograr la liberación francesa de la ocupación nazi. En los meses posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial no tuvo problema en asumir algunos de los presupuestos del Partido Comunista. El primer programa que él propone muestra a una derecha desconocida en la Europa actual. Por ejemplo, defendía que el 40 por 100 de los servicios esenciales debía estar en manos del Estado. Ahora mismo no hay ninguna persona de derechas que lo defienda, el gaullismo ha sido vaciado.

 

Con la crisis de Cataluña se ha reactivado la leyenda negra de España, representándola como un país retrógrado y de pandereta. Esa imagen, a veces, ha estado impulsada desde la izquierda. ¿Compartes esta visión de España?

Para nada y me cabrea muchísimo. Esa apropiación de la idea de España por parte del franquismo hay que superarla. Los republicanos, hasta la izquierda anarquista, hablaban de España sin ningún tipo de problema. El franquismo logró que la izquierda se aliara con las zonas más ricas y de derechas y que se rindiera en la defensa de una España federal para alinearse con burguesías neoliberales. Hemos sido los tontos útiles de esas clases y esa sumisión tiene mucho que ver con ese imaginario de España. Nos hemos aliado con partidos catalanes ¡que hablan de subcontratar al ejército francés!

Esto ocurre porque no se habla con claridad, porque la izquierda no se atreve a participar en el debate y dejamos que nos marquen la agenda. Nosotros no tenemos nada que ver con los señores con los que se ha aliado la izquierda en el conflicto catalán. Hemos regalado el discurso sobre el sentimiento de la nación española plural a la derecha centralista y nos hemos equivocado.

No somos capaces de ver que la mayoría de los habitantes de este país comprenden que España es plural, que la diversidad cultural y lingüística nos hace más ricos. Por eso hay que defenderlo firmemente desde la izquierda y dar a todos esos ciudadanos una alternativa real, que no sea ni la recentralización que propone Ciudadanos ni la alianza con la derecha independentista. No podemos seguir siendo rehenes de los sectores más reaccionarios. Tenemos que articular un patriotismo propio, en el que quepan las singularidades de nuestro país, y la federación es una buena solución. Puede que no esté de moda decirlo desde la izquierda, pero yo me siento muy orgulloso de mi país.

 

¿Qué es más importante, la clase o la nación?

Creo que tiene que haber una simbiosis. El estado nación es importante, es la manera en que nos relacionamos con el mundo y todavía no se ha inventado nada mejor. Hay propuestas alternativas, como el consejismo o el anarquismo, pero, al final, incluso el anarquismo, en sus realizaciones prácticas en España, acabó creando estructuras parecidas al Estado. El consejo de Aragón funcionaba prácticamente con las competencias de un Estado, a pesar de que la propuesta partía de una federación de comunas.

El problema aparece cuando la nación se pone al servicio de los intereses de unas elites y de una clase que normalmente detenta los medios de producción, frente al interés común. Es curioso que, en la actualidad, muchas de esas elites abogan por la desaparición de los Estados. Recuerdo una entrevista que le hicieron a Gianni Agnelli, el jefe de Fiat, en los ochenta, y ya entonces decía que Francia debía entender que tendría que desaparecer para dar paso a un gobierno mundial.

Por ello, creo que la nación es importante, pero siempre como una defensa de los intereses de la mayoría de la población que conforma ese país. Un buen ejemplo de esa combinación es Cuba. Fidel entendió la defensa de la patria como el esfuerzo que hace una población para quitarse el yugo de la colonia y construirse como nación. Se trata de mezclar el patriotismo con la idea de un reparto más justo, del socialismo. Un cubano es profundamente patriota, pero alejado del tono conquistador o imperialista.

Conocer ese tipo de patriotismo, comprobar desde la práctica que es posible respetar a los países del entorno y compartir proyectos comunes desde la defensa de tu propia nación me ayudó a desmontar algunas ideas que tenía. Envidio a esos pueblos que sienten su patria, que aman a su país y que lo entienden como la defensa de la mayoría de la población y no de los intereses de una elite. Por eso para mí es tan importante lo uno como lo otro.

 

Entiendo que, para la izquierda, construir un modelo de país no debería tratarse únicamente de integrar las diferencias identitarias, que es hacia donde se ha dirigido el debate en España, sino que cuestiones como la recuperación de la soberanía deberían ser nucleares. ¿Qué postura tienes a este respecto?

Esa es la lucha eterna, arrebatar esa capacidad de poder a determinadas elites y distribuirla entre todos. Actualmente nos encontramos en un estadio grave en lo que se refiere a la defensa de la soberanía. La soberanía nacional es superada cada día por nuevos poderes globalizadores, como los financieros, frente a los que el estado nación cada vez tiene menos capacidad para reaccionar. Cuando hablo de los proyectos globalizadores me refiero a los grandes tratados trasnacionales, de grandes multinacionales que no tienen patria. Por ejemplo, cuando nos hablan de la defensa de los intereses de las empresas españolas en América Latina, en realidad, muchas de esas empresas no actúan como empresas españolas, son empresas que tienen un capital diverso y transnacional.

En ese sentido tenemos dos luchas por la soberanía, por un lado, la del Estado al que pertenecemos y, por otro, la lucha para que la gente pueda dotarse de instrumentos que le permitan enfrentarse a esos agujeros negros, en los que los ciudadanos no tienen voz para decidir. Estamos ante un capitalismo que ha conducido a una crisis brutal, que ha extendido aún más la deslocalización, que ha llevado al empeoramiento de las clases populares del primer mundo y a la transferencia de trabajos esclavos a las periferias. Ante esa pérdida de soberanía, los pueblos reaccionan, y, a veces, mal. Vemos que los partidos de la derecha recurren a un repliegue identitario y nos vemos inmersos en una gran batalla cultural.

Llegados a este punto, es muy complicado recuperar el control. Disponemos de muy pocos medios para oponernos, pero mantenemos la lucha. Es cierto que el ascenso de los BRICS está inclinando la balanza en la lucha por la soberanía, al menos a nivel geopolítico. Pero nuestro país es uno de los más perdidos. Desde el Parlamento Europeo veía a diario cómo las decisiones sobre nuestro país no las tomaba la población. Quisimos ser europeos para alejarnos de esa dictadura nacionalcatólica que nos llevó a la oscuridad, y entregamos todo para darnos cuenta, años después, de que ese diseño europeo nos quita la capacidad de poder legislar para nosotros y de que servimos a otros intereses.

 

¿No tiene en cuenta el Parlamento Europeo las realidades nacionales?

En ese sentido, la Comisión de Peticiones es uno de los órganos más importantes. En él se plantean los problemas de los Estados y se envían delegaciones parlamentarias que emiten un informe que sí tiene un impacto real en las situaciones denunciadas.

En el resto de comisiones, los parlamentarios siempre aportan su visión nacional. Por ejemplo, en el caso de España son clave los debates sobre la PAC o la pesca, porque nos afectan mucho. Sin embargo, después de nuestra adhesión a la UE, estos sectores han ido menguando progresivamente.

Javier Couso fue diputado al Parlamento Europeo en la octava legislatura (2014-2019).

Laura Pérez Rastrilla es profesora de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.