Editorial: Rusia

Un fantasma recorre Europa, el fantasma de la rusofobia, un fantasma con historia. Todo lo ruso ha de ser cancelado, censurado; medios de comunicación, artistas, exposiciones, lo que sea. Una campaña mediática unánime de derecha a izquierda, compartiendo un guion del que aquellos que se distancian mínimamente, ya ni hablamos de quienes lo critican y proponen otro, corren el serio peligro de ser estigmatizados y expulsados del debate público sin contemplaciones.

Un relato oficial que no se sonroja ni lo más mínimo por la flagrante doble vara de medir. Si una invasión, guerra o agresión militar no trae la bandera de Estados Unidos o de sus adláteres de la OTAN y la UE, y además viene de un considerado enemigo, en este caso Rusia, entonces se podrá sancionar para intentar desconectarlo del mercado occidental con la intención declarada de destruir su economía y propiciar una caída de su gobierno. Se aceptará el envío de armas a los invadidos, incluyendo a grupos neonazis, a los que se blanquea; se cancelará todo lo que tenga que ver con el Estado invasor, y se señalará a cualquier analista que no se alinee con el relato oficial. Ahora pónganse ustedes a imaginar en hacer todo eso a Estados Unidos o Israel, ¿verdad que resulta inconcebible?

Nosotros no vamos a caer en condenas ni admoniciones que nos recuerdan a aquello de Stalin sobre las divisiones que tenía el Papa. Estiraron la cuerda con Rusia e ignoraron sus fundamentadas razones históricas y geopolíticas y, al final, y Putin lo sabe, la paz es la paz de los vencedores. Esa es la realidad de la geopolítica: una dialéctica entre potencias o Imperios. La “trampa de Tucídides”. Esa realidad es el motor de la historia, a través de la que se expanden los modos de producción con más potencia para desarrollar las fuerzas productivas, con sus clases dominantes correspondientes. Esa dinámica nunca desapareció, siempre ha estado ahí. Tras la caída de la URSS, Estados Unidos se quedó solo. Hasta 2008. Hoy, ningún análisis geopolítico puede ignorar a una ascendente China, en la que Rusia se apoya económicamente, y que se sitúa frente al declinante Imperio estadounidense y sus adláteres, eso que se llama Occidente.

En este escenario, ¿qué puede hacer España? Y, puesto que los intereses no siempre coinciden, dejemos a un lado Europa y Occidente. ¿Qué puede hacer España en el nuevo mundo que ya está aquí? ¿Cuál es nuestro lugar y con quién? ¿Hay algo fuera del seguidismo a Berlín, Bruselas o Washington, más allá de donde (mal)estamos? Intentemos analizar las posibilidades, siguiendo a Spinoza: “No hay que reír ni llorar ni indignarse, sino simplemente comprender”.

Tiempos de ruptura

Vivimos un tiempo histórico, un auténtico parteaguas donde se anudan varias tendencias estructurales. Dos de ellas que tienen que ver con el modo de producción capitalista y una tercera que ha atravesado todos los modos de producción anteriores.

La primera tendencia enraizada en el modo de producción capitalista es el momento de transición de una fase B a una fase A de un ciclo Kondratieff, es decir, el paso de una fase de poco crecimiento y crisis recurrentes a otra de fuerte crecimiento y crisis más suaves y menos frecuentes. Otros autores, como Carlota Pérez o Schumpeter, hablan del fin de una fase de destrucción creativa, por la aparición y expansión de un nuevo paradigma tecnoeconómico, y el inicio de una fase de construcción creativa, por el isomorfismo de un nuevo entorno socio-institucional fundado en ese paradigma tecnoeconómico.

La segunda predisposición es la de los ciclos de potencias hegemónicas de Arrighi, que identifica las etapas históricas del modo de producción capitalista. Concretamente estaríamos en el paso del orden mundial hegemonizado por una potencia al de otra; o en la hegemonía de la misma, pero con un proceso de renovación para mantenerse. En cualquier caso, habríamos superado el momento de crisis hegemónica y nos encontraríamos en el colapso de la misma.

La tercera tendencia estructural, que va más allá del capitalismo, y puede encontrarse en otros modos de producción, es la llamada “trampa de Tucídides”. El griego narró el choque entre el declinante Imperio ateniense y la ascendente Esparta que sacudió a las polis griegas en el siglo V a.C. La disputa se decidió en la guerra del Peloponeso. La “trampa” que identificó Tucídides es la dominación de una ley de hierro que lleva inevitablemente a la guerra. Otros ejemplos de esta dinámica en la etapa de producción esclavista son la guerra entre el ascendente Imperio alejandrino/macedonio y el declinante Imperio persa o las guerras púnicas entre el ascendente Imperio romano y Cartago. Hoy la disyuntiva se plantea entre el declinante Imperio estadounidense y el ascendente Imperio chino, con Rusia en el medio.

Futuribles posibilidades para Rusia

Hacer prognosis es algo muy arriesgado, ya que la bola de cristal no existe, pero partiendo de las tendencias estructurales y las regularidades históricas, como las señaladas, sí se pueden esbozar posibilidades para el medio-largo plazo.

Un futurible tiene que ver con el tipo de régimen económico y político que se pueda dar en Rusia. Desde Occidente se fantasea con la posibilidad de quiebra y caída del putinismo y una especie de vuelta a la Rusia decaída y sumisa de Yeltsin, incluso con la fragmentación y balcanización de Rusia que ya se apuntaba en la etapa de Yeltsin con el conflicto checheno. Este sería un escenario plausible si la guerra de Ucrania se convirtiera en una ratonera para Rusia, su Vietnam, un conflicto que le drenara dinero y vidas, así como derrotas militares, unido al daño económico de las sanciones, la falta de inversión y de demanda occidental.

Otro camino es el de una revolución desde arriba, comandada por la actual clase dirigente rusa, que profundizara en el modelo nacional-conservador putinista. La intención sería tomar una dirección más intervencionista o estatista en lo económico, a través de la cual Rusia se embarcaría en la conversión de su actual estructura económica, muy dependiente de las rentas energéticas, hacia una que desarrolle las fuerzas productivas a través de unas planificadas inversiones en industria high-tech y servicios orientados al mercado interno y al asiático.

Sobre esa Eurasia, el analista Glenn Diesen apunta a las intenciones rusas de encarnar al Imperio Mongol que unificó esa Eurasia entre los siglos XIII-XIV. De uno de los fragmentos tras la caída de este -la horda de oro- emergió el Principado de Moscú, que se convertiría en el Zarato de Rusia. Las posibilidades de su recuperación son más que complicadas y todo apunta a que Rusia se posicionará más bien como el hermano pequeño de ese Imperio mongol, China. En ese futurible, Rusia podría aspirar a ser un actor fuerte, con voz y voto, con su propio espacio de influencia en buena parte de lo que fue la URSS y con la capacidad de balancear a China mediante alianzas con India, Irán o Turquía, por citar algunos ejemplos.

El último de los escenarios es el más sombrío. Una situación en la que el conflicto ucraniano se encone o quede mal cerrado y en el que acabe interviniendo más directamente la OTAN o países rusófobos como Polonia para intentar llevar a cabo sus propios planes expansionistas en Ucrania. En ese contexto, el uso de armas nucleares estaría asegurado, algo que también podría ocurrir en el supuesto de un conflicto entre China y Taiwán. En el paso de una guerra fría, en la que ya estamos inmersos, a una caliente solo nos quedaría esperar que el recurso a armas nucleares se limite a un uso táctico y no acabe en una destrucción total.

¿Y España?

Imaginen que el “gobierno más progresista de la historia” se hubiera acercado a las posiciones más prácticas de Macron, que hubiera intentado dialogar con Putin, que se hubiera ofrecido para mediar entre Ucrania y Rusia, que hubiera alzado su voz en la UE y en la OTAN por una salida diplomática antes y durante el conflicto, que hubiera intentado buscar una solución junto a los países hispano/iberoamericanos, con los del sur de Europa, hasta con China, y todo ello como diría Fraga: “sin tutelas ni tu tías”. Pues dejen de imaginar.

El “gobierno más progresista de la historia” ha sido y es uno de los mas acérrimos adherentes a las posiciones otanistas y proestadounidenses en el conflicto, más papistas que el Papa o el Tío Sam. Hasta el punto de arrodillarse en el problema saharaui ante unos desleales y amenazantes vecinos marroquíes, tirando por el suelo cualquier interés nacional en el altar de los intereses estadounidenses y franco-alemanes en la zona ante la nueva situación. El conflicto ha dejado momentos de sonrojo como el aplauso en pie a un Zelensky que acababa de ilegalizar a todos los partidos de izquierda ucranianos, las vergonzosas alabanzas al mismo por su alusión al bombardeo de Guernica mientras se mandan armas que acaban en manos del batallón Azov, neonazis insertados en la policía y ejército ucraniano. ¡¡Toda una alerta antifascista!! El concepto gramsciano de “transformismo” viene como anillo al dedo para la supuesta pata izquierda del “gobierno más progresista de la historia”.

El “no a la guerra” de Irak, que algunos de ellos traen a colación, demuestra la visión de paz que tienen. Una paz abstracta, con ecos en el “Imagine” de Lennon o el idealismo kantiano, una simple conciencia limpia y falsa, alejada de una concepción materialista de la historia. La paz es concreta. A lo largo de la historia ha habido períodos de paz, bajo el manto de diferentes órdenes imperiales, con sus clases dominantes y sus dominantes modos de producción: la “pax persa”, la “pax romana”, la “pax de los califatos islámicos”, la “pax hispánica'”, la “pax mongolica”, etc. ¿Cuál es la paz que esta sedicente izquierda defiende ahora?

Es más que evidente que su parapeto es el de la “pax estadounidense” o la “pax europea” que, a fin de cuentas, por su incapacidad para ser autónoma viene a ser lo mismo. Un mínimo esperable de quien se dice de izquierdas sería que defendiera esa “pax estadounidense”, “pax europea” o, incluso, “pax occidental” desde un posicionamiento marxista eurocomunista o socialdemócrata originario, que sostuviera que esas naciones occidentales cuentan con las condiciones para superar el capitalismo y, a partir de ahí, irradiar al resto del globo. Quizás así, merecerían algo de respeto. Pero todo su anhelo es el de ser la patita izquierda de un nuevo modelo de acumulación capitalista semáforo o versión light del Estado emprendedor e inversor social, en el que la “pax estadounidense”, con sus adláteres de la UE/ OTAN, se mantenga hostil frente al empuje de la “pax china”, con aliados como Rusia. A ello se entregan, sin proyecto para España. Un Estado que se queda sin opciones, más cada vez más dependiente y sumiso económica y políticamente y un creciente riesgo de fragmentación. Quizá estemos a tiempo de que la lucha sea fructífera, de articular algo en este momento histórico de colapso de la “pax estadounidense”, acelerado por la invasión de Rusia en Ucrania, y de abrir una ventana de oportunidad para salvarnos en una balsa de piedra.

Marx, el socialismo en China y nosotros

¿Por qué es el Partido Comunista de China capaz? ¿Por qué es el socialismo con características chinas tan bueno? La razón última es que el marxismo funciona.

 

Xi Jinping, discurso por el 100 aniversario del PCCh, julio 2021.

En un artículo anterior intenté describir la estructura de clases en China. Hoy intento hacerlo desde la perspectiva de las relaciones del Partido Comunista de China con Marx y el socialismo.

Marx en Pekín

La utilización de Marx por el Partido Comunista de China para justificar y/o legitimar su práctica política puede ser interpretada como un mero ardid ideológico para ocultar unas políticas que en realidad no tendrían nada que ver con el de Tréveris. Esta postura está presente en muchas de las críticas a China desde la “izquierda”. Pero aquí voy a tomar muy en serio la adscripción marxista de la dirigencia china y voy a identificar a China como heredera y deudora del barbudo alemán.

Desde el giro de timón de Deng hace cuarenta años, la dirigencia china ha abrazado una lectura o interpretación del marxismo contraria a la “voluntarista” o “izquierdista”, que habría sido la de Mao (sobre todo en su última etapa, primero con el “gran salto adelante” y luego con “la revolución cultural”). La interpretación o lectura de Marx desde Deng hasta ahora podríamos denominarla “objetivista” o “derechista”, en cuanto abraza las lecturas o interpretaciones de Marx (y tan presentes junto a sus contrarias en la propia obra de Marx) más deterministas, tecno-economicistas-productivistas. O, lo que es lo mismo, la primacía del desarrollo de las fuerzas productivas (medios de producción, incluyendo ciencia, tecnología, fuerza de trabajo y recursos naturales/energéticos) sobre la primacía de la lucha de clases. De los dos marxismos que identificaba Gouldner, el “crítico” y el “científico”, el ala derecha del Partido que se hace con el poder desde Deng hasta ahora se acoge al segundo. Aquí también viene a cuento la dicotomía que hace David Priestland entre “comunismo romántico” y “comunismo tecnocrático”, siendo este último el de la dirigencia china posterior a Mao.

Deng puso encima de la mesa la “fase primaria del socialismo”, en la que la dirigencia china dice que aún se encuentra el país; una especie de transición a la transición (es decir, al socialismo propiamente dicho o transición al comunismo) en la que la prioridad absoluta es el desarrollo de las fuerzas productivas de la nación con todos los instrumentos posibles. De ahí el famoso dicho de Deng: “da igual que el gato sea blanco o negro con tal de que cace al ratón”; es decir, la introducción de la producción de valor y plusvalor, el mercado y dos modos de producción: el capitalista y el mercantil simple. ¿Pero qué es esa “fase primaria del socialismo” y qué tiene que ver con Marx?

Los socialismos según Marx y el socialismo chino

John Ross, un economista marxista inglés, profesor de la Universidad Renmin de China, contextualiza esa “fase primaria del socialismo” dentro de lo que Marx llamó “fase inferior del comunismo” en la Crítica al programa de Gotha. Es decir, una fase de transición entre el capitalismo y el comunismo en la cual ambos modos de producción coexisten con ese comunismo en minúsculas (o en su “fase inferior”), siendo este dominante. Esto es lo que Lenin (no Marx, ni Engels) denomina “socialismo”. Además de las diferencias terminológicas con Marx, hay una cuestión clave: para Marx la superación del comunismo por el capitalismo solo sería posible en las naciones capitalistas más desarrolladas, pero en el siglo XX fueron los “eslabones débiles”, en Rusia o China, entre otros, donde se produjo la revolución. Por lo tanto, la transición entre modos de producción se complicó enormemente. De ahí que esa fase “primaria” en China tenga todo el sentido marxista, al menos desde la perspectiva marxista que da primacía al desarrollo de las fuerzas productivas.

Y, de nuevo con Lenin, el capitalismo de Estado. Siguiendo esa línea, Mcnally caracteriza el “reformado” capitalismo de Estado del siglo XXI tomando en cuenta la variedad de especies que conforman ese género: no es lo mismo el islamo-teocrático de los del Golfo Pérsico, el conservador ruso de Putin, el socialdemócrata noruego, el “liberal” de Singapur, o el “socialista” chino. Pero todos ellos tienen coincidencias en su inserción en el mercado mundial, en el hecho de que aplican la lógica capitalista a sus empresas públicas (fondos soberanos de inversión, fondos de pensiones, holdings de empresas públicas, etc.) y en la importancia de un potente sector privado favorecido por el Estado para competir internacionalmente, como también favorecen a las empresas públicas para lo mismo. El capitalismo de Estado chino sería uno de los más exitosos de todos ellos.

Uniendo todo esto con el marxista estadounidense Erik Olin Wright y su teoría sobre los posibles futuros poscapitalistas y la interpenetración entre modos de producción, podemos tener una mirada de la deuda y la herencia marxista del “socialismo de mercado chino” y su “fase primaria del socialismo” como una especie exitosa del género capitalismo de Estado 2.0, cuya especificidad es su pasado socialista (estatista de partido único) que marca la dominancia de ese modo de producción estatista sobre el capitalista (u otros como el mercantil simple), aunque ese capitalismo también imprima su lógica en el estatista (D-M-D’). Un modo de producción estatista que se dio de forma plena en la URSS y en la China de Mao, cayendo en ambos casos por sus contradicciones sistémicas, con la diferencia clave entre la URSS y China de que estos últimos han conseguido reformarlo y salvarlo a través de esa “fase primaria del socialismo”.

Pero no podemos acabar de caracterizar ese “socialismo de mercado chino” en su fase “primaria” si nos dejamos otro texto de Marx (y Engels), el Manifiesto Comunista. En uno de sus apartados, nos describen y critican una serie de “socialismos” con bases sociales y teóricas determinadas a los que tiran por la borda frente al suyo propio (aclarando que tanto Marx como Engels abjuraban del término socialismo y preferían comunismo, aunque Engels también denominara socialismo al suyo, pero siempre con el apellido “científico”).

Partiendo de esto, podemos definir el “socialismo chino” como uno de esos socialismos que Marx y Engels no hubieran aceptado como suyo por: 1) su base social, ya que no es el proletariado la clase dominante sino la clase profesional y directiva asalariada encuadrada en el Partido Comunista y organizaciones políticas y sociales satélites del mismo; y 2) el hecho de que, en China, se considera el modo de producción socialista como un modo de producción en sí mismo y no un mero medio para la transición a un comunismo –para Marx, en la Crítica al programa de Gotha, esa transición era una coexistencia jerárquica entre el modo de producción capitalista y el comunista, la cual ni siquiera llama socialismo, sino “fase inferior del comunismo”– que en China ni está ni se le espera. A ese modo de producción socialista a lo chino se espera llegar en 2049, tras la fase “primaria” en la que llevan desde finales de los setenta.

Pero, a la vez, y esa es la paradoja, ese “socialismo chino” es deudor y heredero de Marx, ya que, como hemos visto, la dirigencia post-Mao se basa en la lectura e interpretación más determinista, tecno-economicista-productivista de Marx (o la primacía de las fuerzas productivas) para, con su mezcla de planificación y mercado, estatismo y capitalismo,1 ser uno de los ejemplos más exitosos del capitalismo de Estado 2.0 y gran rival geopolítico de Estados Unidos a un nivel que nunca pudo ser la URSS. Otra paradoja es que este “socialismo chino” estaría llevando a la práctica un modelo económico (aunque obviamente no político) muy cercano al que aspiraba lo que se llamó a finales de los setenta el fracasado “eurocomunismo”, quizás porque comparten ambos esa clase profesional y directiva asalariada como la que se encuentra detrás de ambos llevando el marxismo a su ascua.

El socialismo chino y nosotros

A diferencia de la URSS que tenía un carácter expansivo y consideraba su modelo como algo a extender –y lo hizo manu militari–, China mantiene su trayectoria histórica de Imperio del Centro (significado del nombre del país) y, por ello, su expansión internacional no es centrífuga, como la soviética, sino centrípeta. Hoy, se considera el Sol de un sistema en el que los demás países (o alianza de países) del resto del mundo giran a su alrededor por la fuerza gravitatoria de la “nueva ruta de la seda”. Ni quiere imponer su modelo, ni tiene necesidad de entrometerse en sus asuntos internos, ni política ni militarmente. Eso sí, esos otros Estados-nación (o alianzas supranacionales entre Estados-nación) sí pueden tomar como ejemplo tal o cual política, económica o de cualquier otro tipo, de China con el fin de adaptarla a su entorno, cosa que China tampoco va a tratar de impedir. Además, las diferentes inversiones chinas en el extranjero son más favorables para los países receptores en Asia, África o Hispano/Iberoamérica en comparación con las de Estados Unidos u otras potencias occidentales. Así, en otra diferencia con la URSS y su bloque, China está conectada al mercado mundial (es el principal socio comercial de la gran mayoría de las naciones del mundo, principal receptor de inversión extranjera y uno de los principales inversores en el mundo), pero lo hace desde esa posición señalada y, con ello, plantea una globalización alternativa a la que ha sido la globalización dominante desde el fin de la URSS hasta ahora; la de Estados Unidos y sus aliados.

¿Qué puede significar esto para la posibilidad ardua de un proyecto de izquierdas a la altura de los retos del presente aquí en España? Esto se puede empezar a contestar haciendo frente a un debate mal planteado que se repite cíclicamente en nuestro país.

China ha progresado –y de qué manera–, pero los chinos tienen y cultivan patria, familia, tradición, seguridad, orden. Si allí ha habido, y hay, un progreso objetivo, un desarrollo de las fuerzas productivas, unas nuevas generaciones que, desde luego. viven mejor que las anteriores, si son la única alternativa al bloque anglogermánico… entonces, si, en esos marcos señalados, la solución solo puede ser “reaccionaria” o “roji-parda”, según algunos, ¿Es China reaccionaria? El progreso, entonces, ¿lo conforman la socio-liberal Suecia, la Alemania de una posible coalición “semáforo”, los Estados Unidos de Biden y, claro, el sanchismo/yolandismo/errejonismo aquí en España? La respuesta es un no.

La cuestión no es ser “nostálgicos” u “obreristas”, pero ni mucho menos sumergirse en el clasemedianismo posmoprogre antiobrero que anega a la inmensa mayoría de la “izquierda” realmente existente en el mundo occidental en general y en España en particular.

A mi juicio, la única clase social con potencial para ser la nueva clase dirigente y hegemónica, basada en una formación social en donde el modo de producción dominante es el estatista y donde otros modos de producción que seguirán existiendo (como el capitalismo o el mercantil simple) están subordinados a ese (y esto es el único “socialismo” posible, eso es China). Esta clase es la profesional y directiva asalariada.

Pero para lograr eso, unas fracciones de la misma deben tener más peso que otras y, además, estar unida y encuadrada por un Partido (o varios partidos, además de organizaciones sociales de diverso tipo) con unos fundamentos teóricos, ideológicos y filosóficos que no son la ideología posmoprogre, que viene a ser la ideología espontánea de esta clase en occidente, sobre todo la de ciertas fracciones de la misma. En esto soy muy leninista. Para el líder de la revolución bolchevique, si el proletariado no estaba organizado por el partido (el “Príncipe moderno” de Gramsci) era, como mucho “tradeunionista”; es decir, reformista-socialdemócrata. Lo mismo pasa para esta clase profesional y directiva asalariada. Si no está organizada por el partido (o varios partidos y organizaciones de diverso tipo), la ideología y el proyecto adecuados, no puede cumplir su potencial (por ejemplo, su potencial como “capital humano”), y, como mucho, es “semáforo” (socialdemócrata/verde/liberal).

¿Qué queda para la clase obrera, tanto la “vieja” industrial como la “nueva”, de servicios? No ser una masa de maniobra para tal o cual fracción de la clase profesional y directiva asalariada en sus disputas internas, o de alguna de estas fracciones en sus disputas con la clase capitalista o tal o cual fracción de esta o viceversa. Su lugar tiene que ser el de aliado subalterno, sí, pero aliado en un bloque de poder con la clase profesional y directiva asalariada (con las mejores condiciones laborales y sociales, así como con igualdad de oportunidades real para que haya movilidad social de los hijos e hijas de la clase obrera a la otra clase de asalariados). Aliados, pues, en un proyecto de “socialismo” a lo chino, eso sí, sin copia ni calco, sino amoldado a las características, peculiaridades, trayectoria histórica, etc., de las distintas formaciones sociales o Estados-nación (y las necesarias alianzas entre ellos para articularse en las escalas geográficas y demográficas globales en la actualidad, que es la de una China, una Rusia, unos Estados Unidos, una India, etc.) Es decir, un bloque continental supranacional (que para España ni empieza, ni termina, ni tiene solo que ser el de la UE (o IV Reich) que navegue en un mundo en donde no hay, ni habrá, desglobalización, sino choque entre la globalización con centro en el Imperio del Centro –es decir, China– y la globalización de Estados Unidos y sus aliados. O ese socialismo aquí descrito, con todo lo inmensamente difícil que es, o, el más probable, capitalismo semáforo 2050 al que parece dirigirse el bloque anglo-germánico y, dentro del mismo, España.

  1. También hay que decir que otras escuelas económicas complementan a esa versión del marxismo en China, como la desarrollista, la schumpeteriana o el Keynes de la “socialización de la inversión”.


Javier Álvarez Vázquez es obrero (auto)ilustrado, técnico de sonido, diseñador gráfico, repartidor de propaganda, camarero, comercial, y desde hace unos años empleado en la FSC CCOO Madrid. Quinta del 72, marxista sin comunismo a la vista para nada, comunista sin partido; por lo tanto, un Ronin o un samurai sin señor, viejo rockero hasta el fin. Presidente de la Asociación La Casamata y director de la revista La Casamata.

Leyendo China desde España en 2021

Libros reseñados:

  • Ríos, Xulio. La metamorfosis del comunismo en China. Ágora K, 2021.
  • Feijoo, Claudio. El gran sueño de China. Tecno-socialismo y capitalismo de Estado. Técnos, 2021.
  • Parra Pérez, Águeda. China, las rutas del poder. Edición propia, 2021.

La literatura reciente sobre China en España ofrece una variedad creciente de trabajos elaborados por académicos, periodistas y especialistas de diferentes sectores. El irresistible ascenso del gigante asiático como gran potencia justifica ese interés, pero también las relaciones bilaterales, tanto las políticas (que gozan de buena salud) como las económicas. Con respecto a estas últimas, China fue el único destino importante en el que crecieron las exportaciones españolas durante la fase más dura de la pandemia –casi un 20% entre enero y septiembre de 2020– y es ya su segundo destino fuera de la Unión Europea gracias, especialmente, al interés que despierta en ese país la industria agroalimentaria española.

En este contexto, en España existe una literatura actualizada que puede brindar a los actores sociales interesados análisis rigurosos acerca de los fundamentos y las dinámicas subyacentes a la irrupción de China. Un conocimiento propio de los fenómenos es una condición para la existencia de una política autónoma. El conocimiento existe; la definición de nuevos planteamientos políticos en España, sin embargo, parece que tendrá que esperar.

A través de las tres obras seleccionadas se puede concluir que existe una manera de ver a China desde España que se aleja de los prejuicios mediáticos habituales. Los autores hacen un esfuerzo por conocer la realidad histórica y social a partir de sus protagonistas, sus motivaciones y las estructuras en las que se mueven. Se alejan así de la tentación de aplicar mecánicamente esquemas que tienen menos que ver con la realidad que con complejos nacionales ajenos, como la narrativa del neorrealista norteamericano John Mearsheimer, basada en la Trampa de Tucídides. En los trabajos de Ríos, Feijoo y Parra, el tratamiento de la realidad china es multidimensional, transdisciplinar y, sobre todo, matizado. En ellos, la atención al detalle no está reñida con los contextos internacional y estructural, muy presentes en todos los casos, aunque hilados con estilos y enfoques diferentes.

Con La metamorfosis del comunismo en China, Xulio Ríos ofrece un detallado repaso histórico del Partido Comunista Chino (PCCh) en la celebración de su primer centenario y lo enlaza con el proyecto actual de esa organización, bajo el liderazgo de Xi Jinping, de construir una sociedad “modestamente acomodada”. Las vicisitudes de la turbulenta historia del PCCh son diseccionadas por un autor con una larga trayectoria que le acaba de hacer merecedor del premio Casa Asia 2021 en la categoría de Cultura y Sociedad por su trabajo en “la construcción de una sinología en lengua española” a través de diversos proyectos como la Red Iberoamericana de Sinología. Ese saber acumulado se pone de manifiesto en un libro bien informado, con una bibliografía rica en fuentes primarias que incluye las obras de los principales dirigentes del Partido Comunista y dos útiles anexos, uno que sistematiza los datos fundamentales de los congresos nacionales y otro que hace una relación de sus principales figuras con datos biográficos básicos.

El libro está dividido en cuatro grandes bloques. Los tres primeros abordan la historia del PCCh en tres períodos: la larga fase del sovietismo al maoísmo, la etapa del denguismo y las líneas políticas y problemas del xiísmo. El estilo de estos bloques –que ocupan más de tres cuartas partes de las 435 páginas del libro– es directo y con muestras de erudición por parte del autor. Su atención a los detalles en la explicación de contextos complejos impide que el libro pueda ser caracterizado como una obra introductoria para quienes no conozcan, al menos, los aspectos básicos de la historia china y del sistema internacional en el siglo XX. El autor consigue explicar cómo una organización con una historia turbulenta y, por momentos, errática ha culminado con el afianzamiento de China como gran potencia gracias, en buena medida, a la preservación de los postulados fundacionales del Partido, caracterizado por Ríos como la “última dinastía” china (p. 5). Esa dinastía, que rompe con una tendencia histórica de aislamiento del exterior, tiene un carácter “orgánico” (la primera de ese tipo, como señala Ríos, p. 402) que ha permitido la continuidad de la cultura política tradicional en una tendencia secular.

La consolidación de esa dinastía orgánica tiene sus orígenes en la propia incepción del Partido, en un contexto de rechazo la intervención imperialista y de defensa de la propia experiencia revolucionaria frente al modelo soviético. En la explicación de episodios críticos durante el maoísmo, como la Larga Marcha, el Gran Salto Adelante o la Revolución Cultural, el autor huye de cualquier tentación de fetichizar las justificaciones ideológicas esgrimidas en cada caso; en su lugar, hace hincapié en las luchas entre facciones dentro del Partido. Si la ideología encuentra su lugar en el relato –en el maoísmo se trata de la síntesis entre antiimperialismo, el rechazo de las tradiciones ideológico-culturales tradicionales como el confucianismo y la épica de la lucha armada– es por su importancia en la justificación de las acciones de las facciones y por su capacidad para explicar las líneas de continuidad y ruptura en la historia de la organización.

La segunda parte, sobre el denguismo, sintetiza el modo en que el Partido superó la turbulenta fase del maoismo y logró cohesionarse a través de la democratización interna, el fin de la exaltación ideológica y la descentralización y autonomía en la toma de decisiones económicas, en un proceso de apertura que implicó, entre otras características,  creación de las primeras zonas económicas especiales:

La insistencia en el desarrollo de las fuerzas productivas sepultó la idea anteriormente predominante de insistir en hacer la revolución solo por la revolución; se trataba ahora de cambiar las relaciones de producción, la superestructura y las formas de administración, un profundo cambio apegado a la realidad de partida y con el horizonte claro del mismo empeño modernizador que abrigaron los ilustrados chinos del siglo XIX (p. 125).

Y todo ello sin realizar privatizaciones masivas, sino mejorando el funcionamiento de las empresas públicas en un sistema “híbrido en el que conviven formas propias o comunes, tanto del capitalismo como del socialismo, y ya sea a nivel económico o social” (p. 176). La modernización y la exclusión de la ideología como justificación de las luchas internas facilitaron una larga fase de estabilidad que permitió no solo los relevos en la cúpula del Partido, sino también cambios graduales en la estrategia de desarrollo del país. Así, en los años 2000 se abrió una fase de refuerzo del consumo interno, reducción de la dependencia del comercio exterior e incremento del sector de investigación y desarrollo, dinámicas, todas ellas, que sentaron los pilares del xiísmo.

En la tercera parte, Ríos detalla los aspectos críticos de la fase actual, sintetizados en las “cuatro tareas integrales” presentadas por Xi Jinping en 2014: la consecución de una sociedad modestamente acomodada, la profundización de la reforma económica, el consolidación del gobierno a través de la ley –o neolegismo– y el refuerzo de la autoridad del partido. En contraste con la etapa de Mao, señala el autor,

La modernización, o el sueño chino de la revitalización del país [a través del desarrollo tecnológico], no se entiende al margen de la cultural tradicional que Xi llegó a definir como ‘el alma de la nación’, considerando el resurgir cultural como un requisito previo del rejuvenecimiento de China (pp. 289-290).

Todo ello, sin renunciar a los aspectos ideológicos fundamentales –incluyendo el nacionalismo y el marxismo–, lo que termina dando un carácter ecléctico a la identidad proyectada por el Partido. En esta lógica, la ideología forma parte del proyecto de reafirmación histórica de China y, a la vez, de los cambios internos que ha sufrido la organización. Así, la justificación de la recuperación de la cultura tradicional se consigue en la medida en que las ideas de Xi han adquirido el carácter de ‘pensamiento’, un estadio superior al de las ‘teorías’ desarrolladas por los dirigentes del denguismo. Al poner sus planteamientos al nivel de los del propio Mao, Xi se erige como referente personal del objetivo de finalizar la modernización de China. Como advierte el autor, ello amenza con conformar “un poder absoluto y sin límites, que supondría una notable regresión en el modelo conformado” (p. 403), en relación a la institucionalidad articulada durante el denguismo, que permitió mantener un cierto equilibrio interno tras la inestabilidad vinculada al maoísmo.

El relato histórico y el análisis pormenorizado de los episodios críticos dan paso, en el último bloque, a un análisis que gira alrededor de la idea de continuidad. Intentar contraponer el maoísmo y denguismo, alabando a uno y repudiando al otro, no permite comprender la evolución del PCCh. De este modo, aunque la historia de esa organización no puede representarse en un relato lineal, sí existen características que gozan de continuidad en el tiempo. Aquí destacan el componente nacionalista, el desarrollo social y el empeño en marcar una senda propia en la construcción del socialismo. Las tensiones históricas –sobre la preeminencia de la ideología o el pragmatismo, los estilos de liderazgo o la primacía del igualitarismo social– en realidad contribuyen a explicar lo que el autor denomina “expresiones de evolución” (p. 378), en las que se pone de manifiesto la metamorfosis del Partido y su síntesis actual, caracterizada por una elaboración ideológica ecléctica en la que caben elementos inicialmente rechazados, como el confucianismo; por el significado concreto de la democracia, especialmente valorada en el ámbito local y que, “en una sociedad de [las dimensiones de la china], cuando más se evoluciona hacia arriba en la pirámide político-administrativa, más importancia se le otorga al mérito y otras claves como expresión de la competencia y la mejor elección” (p. 381); y por el equilibrio entre planificación y mercado en un sistema fuertemente influenciado por la iniciativa estatal en la economía.

Con China, las rutas de poder, Águeda Parra hace una atractiva introducción a la realidad social y tecnológica del gigante asiático y sus implicaciones en el sistema político. Parte del atractivo del libro reside en su estructura, que evoca a una enciclopedia en la que, a través de capítulos breves, se desgranan los aspectos críticos que han de tomarse en cuenta para comprender los cambios que están teniendo lugar en el país: desde los cambios generacionales hasta las implicaciones geopolíticas del desarrollo tecnológico chino, pasando por el ecosistema tecnológico-empresarial y las formas de intervención estatal en su desarrollo. Todo ello es posible gracias al hecho de que la autora es capaz de abordar aspectos muy concretos a la vez que los contextualiza en el marco social general. Su formación como ingeniera en Telecomunicaciones (campo en el que desarrolla su carrera profesional en Telefónica), sinóloga y doctora en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid ayudan a explicar el carácter transdisciplinar de la obra, que se divide en cinco apartados sobre la revolución tecnológica y el cambio generacional en China, el papel de las grandes tecnológicas, las contradicciones sociales, el marco político y la proyección exterior de la República Popular.

El orden de los capítulos no es arbitrario. El proyecto tecnológico chino, manifestado en un ecosistema digital propio, solo puede ser explicado en relación al cambio social protagonizado los nativos digitales: más de 200 millones de personas, con mayor y mejor formación que las generaciones anteriores, que crean la mayor parte de las 10.000 empresas que se constituyen al día en China. Se trata de una auténtica vanguardia generacional que expande tendencias y hábitos al resto de la población, incluyendo los pagos electrónicos (que ya son más que los que se hacen con tarjeta) o la incorporación del comercio electrónico a tradiciones más (como el día de los solteros, que hace tiempo superó al Black Friday en ventas online) o menos (como la tradicional Festividad de Año Nuevo) novedosas. Pero las nuevas iniciativas no tendrían lugar si no fuera por los gigantes, que, como señala la autora, “están siendo los principales embajadores de los avances tecnológicos que pretende Made in China 2025” (p. 51), la estrategia de dirección estatal que persigue incrementar la producción nacional de componentes y materiales básicos hasta 70% en ese año. Es justo en este punto en que historias de éxito como las de Alibaba o Xiaomi, que rivalizan en épica generacional con las de Silycon Valley, difieren de las occidentales en la medida en que en Estados Unidos no están subordinadas a un poder político reacio a regular su sector tecnológico. El contraste es aún más claro si se compara la estrategia china con la ausencia de un ecosistema propiamente europeo. En este punto, Parra apunta especialmente a los problemas de financiación y la ausencia de una visión unificada de los problemas globales (pp. 61-62). Más allá del talento y del tamaño del mercado –dos condiciones que cumple la Unión Europea–, la autora concluye que, sin independencia tecnológica, no se pueden desarrollar las capacidades para operar como gran potencia en la actualidad.

La cuestión de la dirección política es un aspecto clave en el desarrollo de estrategias como la mencionada Made in China 2025 o Healthy China 2030 –esta, para la modernización del sistema de salud a través de la inteligencia artificial en un país con escasa disponibilidad de médicos a corto plazo–. Solo así se entiende que, gracias a esta última, las empresas con márgenes de ganancia superiores al equivalente de 2,6 millones de euros deban invertir hasta el 2% de sus ingresos en I+D para el cumplimiento de objetivos nacionales como el aumento de la esperanza de vida y la reducción de las muertes prematuras (p.104). El impulso estatal es aún más claro en la nueva Ruta de la Seda, que requiere un gran despliegue de política exterior para estrechar las relaciones con los Estados en los que invierte en infraestructuras el gigante asiático y que representan el 70% de la población mundial (p. 107). La permanencia del Partido Comunista en el poder no equivale a una continuidad en las políticas más allá de la persona que esté a cargo. Por ello, la autora vincula el crecimiento de la inversión en I+D (clave de bóveda del proyecto chino) a la permanencia en el poder de Xi Jinping más allá de 2023 (p. 97). Por otro lado, Parra presta atención al envejecimiento de la población y el descenso de la natalidad, que potencialmente ponen en peligro la consecución del proyecto de convertir a China en una economía avanzada (p. 90).

El valor de El gran sueño de China. Tecno-socialismo y capitalismo de Estado, de Claudio Feijoo, radica en su capacidad para vincular las grandes tendencias políticas, económicas y tecnológicas con aspectos del día a día de la sociedad china, la cual demuestra conocer en profundidad. Feijoo, catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid (de la que es director para Asia) y codirector del Sino-Spanish Campus de la Universidad Tongji, vive a caballo entre España y China desde 2014. El gran sueño de China es un libro que va sorprendiendo al lector a medida que se adentra en sus páginas por su carácter transdisciplinar; todo ello facilitado por un estilo muy pedagógico y por las recapitulaciones periódicas realizadas por el autor para contextualizar sus explicaciones, que se condensan en la afirmación de que, el sistema chino es:

Una versión hipertrofiada de capitalismo estatal con un soporte cultural y social en el que se insiste hasta la saciedad. Se trata de una economía planificada en el simple sentido de que tiene un plan. Pero no es un plan muy diferente del que tienen las grandes empresas tecnológicas. Resulta que en China el Estado no es el Estado, es una empresa de tamaño monstruoso. Y como toda empresa, compite –y colabora cuando conviene– para conseguir su objetivo fundamental: maximizar sus ingresos y dotarse de una posición competitiva en el largo plazo, incluyendo de forma particular a sus accionistas –su clase dirigente: el PCC–. En una sola frase: dominar el mercado –el mundo – (p. 364).

El libro se divide en cuatro partes que abordan las diferentes dimensiones del plan del Partido Comunista Chino de desarrollar al país basándose en el uso de la tecnología –lo que el autor denomina “tecno-socialismo”– y un epílogo en el que aborda la posición de Europa a la luz de la experiencia China. En la primera parte, el autor pone de manifiesto algunos de los límites potenciales del desarrollo de China como gran potencia –incluidos los riesgos financieros, el no tan rápido desarrollo de la inteligencia artificial y el peligro de estancamiento en una fase en la que se aspira a alcanzar la renta de los países más desarrollados, o “trampa de los ingresos medios”– y los condicionantes históricos, incluido el trauma que supone la memoria del “siglo de humillación” y las sucesivas intervenciones extranjeras en territorio chino hasta la fundación de la República Popular. A renglón seguido, la segunda parte analiza el modelo del tecno-socialismo chino, destacando el alineamiento de la política de desarrollo tecnológico con los intereses del Estado, en contraste con las políticas norteamericana (con el protagonismo del capital privado en el desarrollo tecnológico y del mercado en la transformación de este en bienestar social) y europea (caracterizada por sus la elaboración de estrictos marcos regulatorios desde el momento en que se detectan los avances). En el modelo chino, la política de tutela y apoyo a las empresas para conseguir su primacía en el mercado local y su proyección en el internacional tiene tres aristas: el impulso de la innovación de las industrias emergentes; la protección de campeones nacionales como Baidu, Alibaba, Tencent, Huawei o Didi Chuxing, entre otros; y las relaciones con las grandes tecnológicas extranjeras (sobre todo norteamericanas) con presencia en China. El modelo se fundamenta en unas relaciones sociales “armoniosas”, una aspiración que explica el desarrollo del sistema de “confianza social” (que erróneamente se conoce como de “crédito social”) sobre los agentes económicos –cuyo funcionamiento “no se diferencia mucho de lo que una agencia de rating crediticio haría”, aunque con la diferencia de que, en este caso, el sistema está dirigido por el gobierno (pp. 75-76)– y personas individuales. El autor incide también en el uso de la tecnología para reforzar un cierto “centro” social a través de campañas públicas de corte paternalista y de la adecuación de los algoritmos de las plataformas con el fin de alejar a los ciudadanos de “radicalismos contrarios a los intereses que el partido asigna a su visión social” (p. 84); todo lo contrario que el refuerzo del filtro burbuja que reproduce en las redes sociales en occidente. El autor dedica un sugerente capítulo al uso de la tecnología del blockchain como herramienta de “notarización” con aplicaciones diversas, incluyendo la estandarización del desarrollo de aplicaciones, la verificación en sistemas de pago y operaciones en cadenas de suministros y su uso por parte de las fuerzas de seguridad.

La tercera parte se centra en las contradicciones del sistema y sus implicaciones. La apertura económica ha conllevado la creación de riqueza y la práctica eliminación de la pobreza, pero también el crecimiento de las desigualdades socioeconómicas y entre regiones que intenta ser amortiguado a través del fomento de las cooperativas en el campo y de iniciativas como la creación de hasta 1.500 parques de emprendimiento en zonas rurales. El autor señala en esta parte los riesgos del modelo, como el hecho de que el desarrollo tecnológico se base más en las oportunidades de negocio que brinda internet que en el avance en la creación de tecnologías disruptivas. Otro problema es el de la regulación de los mercados, una necesidad que surge cuando los intereses de los agentes económicos empiezan a chocar con los del Estado. La tentación de resolver este problema a través de la intervención directa de los comités del Partido en las empresas no es siempre posible. La alternativa, apunta Feijoo, ha sido un desarrollo legislativo tan detallado que, en su aplicación, puede poner trabas a la innovación en diferentes sectores de la economía. El autor señala que, a pesar de las ventajas que ofrece la existencia de un liderazgo nacional fuerte y de una sociedad en principio dispuesta a realizar sacrificios, los cambios generacionales y el incremento del nivel de vida hacen que los intereses individuales y de las empresas diverjan de manera progresiva con respecto a los del Estado.

En cuarto lugar, el autor aborda las implicaciones internacionales del modelo. Más allá de la competición, es sugerente la explicación del autor sobre las dinámicas de “co-opetition” –o de colaboración en el desarrollo de los aspectos básicos de las tecnologías a través de centros de investigación de las grandes tecnológicas en el territorio del competidor–, que facilitan el intercambio de conocimiento científico o de desarrollo de normas para la estandarización, como en el caso de las redes 5G. Pero, a su vez, ello se da en un contexto de competición en el desarrollo práctico de esas tecnologías, que van generando ecosistemas aislados que, ya sea por la incompatibilidad técnica, por las medidas proteccionistas o por las implicaciones en el terreno de la seguridad, dan al modelo un barniz de “tecno-nacionalismo”. El autor dedica un espacio aquí a la Ruta de la Seda Digital, que cerraría un “círculo virtuoso” para que China se asegure una balanza comercial positiva a través de la expansión de sus capacidades financieras, la mejora de las infraestructuras, los avances tecnológicos y la expansión de sus capacidades en ciberseguridad, todo mientras consolida su presencia internacional. Se trata de un proyecto que, en último término, facilitaría la expansión de sus campeones nacionales gracias a características como la creación de una “nube china” para almacenar y procesar datos o el desarrollo de redes 5G que permitan a los actores implicados optar por un ecosistema digital propio.

En el epílogo, Feijoo se muestra optimista con respecto al lugar que ocuparía Europa en un mundo crecientemente delineado por el conflicto, fundamentalmente tecnológico, entre Estados Unidos y China y las lecciones que se pueden extraer de la experiencia del gigante asiático. Europa, en el marco de la “autonomía estratégica” que intenta impulsar una parte del establishment de Bruselas, tendría un modelo diferenciado, caracterizado por la regulación del desarrollo tecnológico sobre la base de la primacía de la sociedad civil y los derechos humanos. Además, el autor menciona el liderazgo en sectores tecnolígicos específicos, incluyendo la robótica, la aplicaciones de software industriales B2B (businesss-to-business), salud, transporte, entre otros. Pero, sobre todo, en diferentes pasajes del libro pone en valor el liderazgo europeo en educación y capacidad para la atracción del talento. Todo ello desemboca en una apuesta por una unidad europea que imite los aspectos positivos de China, como la posibilidad de desarrollar respuestas rápidas y eficientes en situaciones de crisis –como se vio con el estallido de la pandemia de la COVID-19–, la capacidad de atraer a los mejores cuadros administrativos disponibles en la sociedad, la planificación a largo plazo y las condiciones sociales que permiten aunar fuerzas en torno a un objetivo común. Todo ello, como se desprende de las referencias en diferentes partes de El Gran Sueño de China, se inspira en los planteamientos de autores como Mariana Mazzucatto o Leigh Phillips y Michal Rozworski sobre las posibilidades de una planificación económica en la que la innovación y la eficiencia tecnológicas no sean independientes del respeto a las libertades individuales.

Un último aspecto a destacar es que El Gran Sueño de China aúna exposiciones eruditas sobre diferentes aspectos del desarrollo del gigante asiático en los últimos años con la experiencia personal del autor. Ese sexto sentido, desarrollado a través del conocimiento directo, permiten ilustrar dinámicas como el desarrollo de nuevas ciudades dormitorio cerca de los grandes polos tecnológicos o el condicionante que supone el comportamiento de la población para el funcionamiento del sistema, como puede ser el hecho de que una parte de los chinos haya aprendido a sacar partido del sistema de crédito social en la medida en que algunas personas utilicen una buena puntuación como reclamo para encontrar pareja más fácilmente. En realidad, la tecnología, en cualquier sociedad, da una orientación al conjunto en cuanto al sistema de valores y pautas de comportamiento. En El gran sueño de China, Claudio Feijoo explica, con gran nivel de detalle, como ese hecho ha sido aprehendido por el Partido Comunista Chino para, a través de herramientas como la inteligencia artificial, la red 5G o el blockchain, reafirmar la misión histórica de una organización que ha devenido en guía de la nación, y que lo ha hecho asumiendo su papel en la reconstrucción histórica del Imperio del Centro. Podemos esperar más análisis en el futuro próximo por parte del autor, que en el prólogo de la obra apunta que se trata de la primera de una trilogía sobre el gigante asiático.

Con perspectivas y estilos diferentes, los tres libros abordan las características, potencialidades, condicionantes y debilidades en el camino de China para consolidarse como gran potencia, sorteando la trampa de los ingresos medios a través de un desarrollo tecnológico con dirección estatal. Mientras Ríos lo hace estudiando la historia del PCCho, Feijoo y Parra se centran en los desarrollos más recientes. El primero, con una visión que podríamos denominar “de arriba abajo”, centrándose primero en el proyecto político y social para, posteriormente, entrar en los detalles de su impacto en la población. La segunda, con una perspectiva “de abajo arriba”, comenzando por el cambio generacional y las dinámicas sociales de la nueva China para, poco a poco, adentrarse en las características del proyecto.

Un aspecto común que se desprende de estas lecturas tiene que ver con la diferencia con la que se trata el factor tiempo en China, en comparación a los ritmos occidentales. Se trata de un aspecto que juega a su favor. Y no deja de ser sorprendente el hecho de que, a pesar de que esa característica parecía ser comprendida –este mismo año desde la Casa Blanca se declaró que la “paciencia” guiará la política norteamericana hacia China– la ansiedad geopolítica agite el avispero de las alianzas occidentales a través de la venta de submarinos nucleares a Australia con el fin de articular una política de contención en el Pacífico.

En esta nueva guerra fría, a diferencia de la anterior –con sus armas nucleares, grandes escenificaciones diplomáticas y enfrentamientos armados indirectos– la competición es visible en la medida en que pueda afectar a los actores económicos, desde las grandes tecnológicas al consumidor final. Sobre todo, si hay una nueva guerra fría, no es tanto por las contradicciones ideológicas (el nuevo contendiente, China, no aspira a exportar su modelo), sino por la ya habitual actitud de Estados Unidos de retornar a la posición de salida de los años cuarenta. Desde Ronald Reagan, no hay presidente de ese país que no aspire a volver a aquella década y soñar con (re)crear un mundo a su imagen y semejanza. Y con cada intento, los norteamericanos van dejando por el camino las ventajas con las que contaba en aquellos tiempos: un bloque histórico cohesionado tras la victoria en la guerra, el cual, con la hegemonía del capital industrial, participaba en la tarea de expandir el poder imperial y no dejaba abandonada a su suerte a las clases trabajadoras.

Con diferencias importantes, el bloque histórico armonioso a día de hoy parece ser el chino, con una dirección política cohesionada y decidida, cuyas iniciativas descansan en los hábitos, ideas y aspiraciones de la sociedad. Los libros reseñados nos hablan de una potencia, China, que, si bien no quiere exportar su modelo político, sí considera que la consecución de los objetivos estratégicos pasa por garantizar su independencia y su preponderancia tecnológica a largo plazo. En ese esfuerzo colectivo están implicadas todas las fracciones sociales bajo el liderazgo del PCCh.


Carlos González-Villa es profesor de Ciencia Política en la Universidad de Castilla-La Mancha.

La China comunista y Branko Milanović

Hoy, sobre el pueblo chino  pesan también dos grandes montañas, una se llama imperialismo y la otra, feudalismo. El Partido Comunista de China hace tiempo que decidió eliminarlas.

Mao Zedong.

Cuando las cañoneras británicas abrieron fuego contra la flota china en 1839, China entró abruptamente en la época Contemporánea. El estallido de las Guerras del Opio y las subsiguientes guerras contra el poderío extranjero -la de los Boxers, las sucesivas guerras civiles y movimientos sociales contrarios al imperio (los Nian o los Taiping), el Break up of China, las injerencias rusas y la guerra contra la modernizada Japón- acabaron por hundir al Imperio y a la dinastía Qing, poniendo fin al poderío manchú en el “Imperio del medio”.

Las injerencias europeas fueron devastadoras para el modelo socio-económico y político chino. Pusieron al Imperio de rodillas frente a Gran Bretaña, Alemania y Francia, a las que se sumaron Japón, Rusia y EEUU. Las potencias extranjeras se aliaron con los señores de la guerra, que desplazaron del poder al Guomindang dos años después de la Revolución de 1911, e introdujeron las relaciones comerciales desiguales entre las naciones, colocando a China en una posición de dependencia y de endeudamiento. Los bancos chinos no sobrevivieron a las crisis ni a la competencia contra los bancos europeos y la burguesía china tardó tiempo en poder construir sus propias fábricas y negocios adecuados al capitalismo moderno por el peso de la competencia. El comercio de opio, en pleano auge, tuvo un gran impacto en las dinámicas socio-económicas, sin olvidar los enormes cambios que sufrió la infraestructura en las regiones marítimas, como consecuencia de la intensificación del comercio con Europa y los EEUU, o la aparición, en ciertas regiones, del ferrocarril que daba entrada por sus vías a las relaciones del capitalismo moderno. Todo este proceso trastocó las relaciones socio-económicas y produjo un descontento que se manifestó en diversas revueltas y revoluciones, como las mencionadas.

Además de las injerencias europea y norteamericana sancionadas legalmente por los Tratados Desiguales, China debía hacer frente a las relaciones cuasi-feudales que dominaban en el campo. Hasta principios del siglo XX, China era un país mayoritariamente rural. Solo algunas zonas se podían asemejar a las ciudades de tipo moderno, como Cantón o las zonas de la costa china, donde surgieron las fábricas, puertos, ferrocarriles, etc., y donde nació el proletariado moderno. Precisamente Mao era consciente de estas particularidades. Tras unos éxitos efímeros del recién creado Partido Comunista Chino, en 1921, este fue duramente reprimido por las autoridades, lo que empujó a Mao a defender la heterodoxa tesis de trasladar la revolución al campo y considerar a la clase campesina como el sujeto revolucionario.

En 1926, tras la muerte de Sun Yat Sen, fundador del Kuomintag, su sucesor, Chiang Kai-shek, lanzó, con apoyo soviético, una ofensiva victoriosa contra los caudillos del norte. En 1927, Chiang Kai-shek rompió sus relaciones con los comunistas, con los que no pretendía compartir el poder, y dio comienzo a la guerra civil china. El Kuomintang presionó a los comunistas, que se desplazaron hacia el interior y acabaron, tras una derrota gravísima, retirándose en la larga marcha hasta las bases montañosas, donde construyeron un Estado que aplicó una reforma agraria radical. Mao percibió que la desigual distribución de la tierra era el principal problema de China, y que parte de los apoyos que se habían pasado al Kuomintang eran, precisamente, los terratenientes agrarios. Por ello, el PCC se marcó como objetivo prioritario arruinar la base social del Kuomintang y repartir tierras entre los campesinos, mientras los reclutaba.

La guerra civil tuvo que paralizarse ante la ofensiva japonesa y se llegó al acuerdo de alianza entre el Partido Comunista y el Kuomintang, siguiendo el modelo de los Frentes Populares contra el fascismo lanzada por la Kormitern. Durante la Segunda Guerra Mundial, se demostró la corrupción y la ineficacia del Kuomintang, que se desprestigió por sus métodos policiales y represivos, por la lluvia de oro a costa del Estado de las cuatro grandes familias y por su ineficacia militar. Hasta el General Stilwell, asesor de los EEUU en China, se dio cuenta de esta situación y llegó a financiar y armar a los comunistas, hasta que Kai-shek logró que lo relevasen en 1944. Mientras el descrédito del Kuomintang crecía por su incompetencia, los comunistas lograban el efecto contrario. La resistencia, la disciplina y su buen hacer no sólo les otorgaron prestigio en su lucha contra los japoneses, sino que lograron equilibrar la situación frente al Kuomintang. Tanto es así que, en los siguientes cuatro años tras la Segunda Guerra Mundial, los comunistas se hicieron con el control del país, salvo con Taiwan, isla a la que huyó Chiang Kai-chek y que se convirtió en un protectorado de los EEUU.

Durante esos años, Mao lanzó el programa “Nueva Democracia” con la finalidad de reducir el apoyo al Kuomintang, con el que consiguió exitosamente atraer a una parte de la burguesía industrial, de los intelectuales, clases medias, proletariado y campesinado de la liga democrática y de los disidentes del Kuomintang, logrando la hegemonía que llevó a los comunistas, con ayuda soviética, al poder.

China siguió siendo un país pobre durante los años subsiguientes, y no sólo por las erráticas políticas de Mao, que llevaron a desastres humanitarios importantes. Sin embargo, en 1976, a partir del ascenso al poder de Deng Xiaoping, que ya había tenido cargos importantes antes, se inició un programa de reformas que han convertido a China en una potencia económica mundial, con tasas de crecimiento, junto con Vietnam, nunca vistas en muchos países desarrollados. ¿Qué ocurrió? ¿Cuál es el análisis de este despegue?

Mientras que Japón deslumbraba a gran parte de los economistas -al ser una economía cuasifeudal en 1867 y, pocas décadas más tarde, transformarse en una potencia industrial e imperialista-, ni Vietnam, ni la China comunista han despertado el mismo interés, ya que, curiosamente, ponen en duda el paradigma liberal de crecimiento o la necesidad de tener que compaginar la democracia liberal con el capitalismo más o menos regulado.

En la búsqueda de las características del modelo chino nos pueden servir las tesis mantenidas por Branko Milanović en su libro “Capitalismo, nada más” (2020). Milanović defiende que existen dos modelos de capitalismo: el capitalismo meritocrático liberal, basado en la democracia, con una clase media importante (aunque está menguando con las consecuencias de la crisis de 2008 y las del COVID19) y un mercado más o menos regulado, frente al capitalismo político, que definiremos más adelante, y que es el modelo chino, vietnamita, y de algunos otros países.

¿Qué papel, argumenta Milanović, que cumplió el comunismo en estos países? Para Milanović el comunismo en las sociedades más atrasadas y/o colonizadas fue el estadio intermedio entre el feudalismo y el capitalismo. Dicho de otra manera, el comunismo es el equivalente funcional al desarrollo de las burguesías europeas. Los Partidos Comunistas de China y Vietnam lograron llevar a cabo las dos revoluciones pendientes en sus países, la revolución social (que partidos nacionalistas como el Congreso Indio, decidieron no llevar muy lejos) y la independencia nacional de las potencias imperialistas.

El Partido Comunista Chino dio un vuelvo a las relaciones sociales, económicas y culturales del país. Rechazó el confucianismo (ideología de la clase dominante precedente), alfabetizó a la población, transformó las relaciones familiares en dinámicas modernas basadas en la familia nuclear y la igualdad de género, abolió las relaciones cuasifeudales, especialmente en el campo, eliminó a la clase terrateniente con una reforma agraria radical, debilitó las relaciones sociales basadas en el clan, favoreció una educación generalizada donde se dio una “acción afirmativa” a favor de la clase obrera y campesina y renovó casi por completo las élites del Estado chino, que fueron sustituidas por los miembros del PCC. En palabras de Wang Ming, dirigente comunista posteriormente purgado por “inclinaciones troskistas”, Mao levantó, con cierto éxito, “una tosca superestructura de estilo extranjero sobre sólidos fundamentos chinos”, mezclando los viejos clásicos del pensamiento chino con los fundamentos del marxismo-leninismo. El PCC combinó el nacionalismo chino, una relación de ambigüedad respecto a Moscú, y el comunismo adaptado a las necesidades de su revolución social y nacional.

Por consiguiente, China -junto a Vietnam y otros países- al llevar a cabo la revolución nacional y social, lograron, pasado bastante tiempo, construir una clase capitalista autóctona que impulsó la economía, tal y como había pasado en Occidente. La diferencia estribaba en que la transformación del feudalismo al capitalismo se realizó mediante la intervención decidida y potente de un Estado poderoso, en un proceso diferente al de Occidente, donde el Estado tuvo un papel menor y estuvo libre de injerencias extranjeras. El rol del Estado y de las intervenciones extranjeras contra las que hubo que combatir, marca, según Milanović, la diferencia fundamental con Occidente y es lo que ha llevado a los Estados de estos países a tener una faceta autoritaria.

Siguiendo a Milanović, y atendiendo a las tasas de crecimiento brutas, el comunismo tuvo éxito en aquellos países que estaban atrasados y eran rurales, frente a aquellos países que estaban industrializados previamente y avanzados, como la Alemania Oriental o Checoeslovaquia. Los problemas a los que se enfrentaron las economías socialistas europeas fueron la incapacidad de crear y administrar los cambios tecnológicos y la falta de sustituibilidad del capital y del trabajo. En esta línea de pensamiento, los países más ricos socialistas nunca alcanzaron a los países más ricos capitalistas, lo que refuerza la provocadora teoría de Milanović, que refuta la teoría clásica marxista, defendiendo que si se hubiese expandido por los países occidentales habría tenido un éxito menor que en Europa del Este.

Para muestra, esta tabla aportada en el mismo libro sobre el crecimiento de Vietnam y China respecto a los EEUU.

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Tasas de crecimiento del PIB per cápita en China, Vietnam y Estados Unidos, 1990-2016. Los datos están en términos reales, basados en dólares PPA (paridad de poder adquisitivo) de 2011. Fuente de los datos: Indicadores de Desarrollo Mundial del Banco Mundial, versión 2017.

Milanović defiende que China se convirtió en un país capitalista a partir de 1978, con Deng Xiaoping en el poder, siguiendo las definiciones de Weber y Marx sobre el capitalismo. Por ejemplo, en 1977, el 100% de las empresas del sector industrial eran públicas, mientras que, en 2020, el Estado chino sólo controlaba el 20%. De hecho, el número de empleados contratados por el Estado en 2017 está en torno al 9%, incluyendo mano de obra rural y urbana (números similares a los de Francia en los años 80). Desde 1978 se introdujo en el campo el “sistema responsable”, por el que se permitía la propiedad privada en el campo, lo que provocó que el sistema comunal de gestión haya sido sustituido por uno prácticamente 100% privado, de hecho, los trabajadores del campo no son asalariados sino trabajadores autónomos. Además, con el éxodo del campo a la ciudad se espera una intensificación de las relaciones capitalistas en el campo. Las empresas municipales y locales (de propiedad colectiva), que crecieron en el pasado para dar servicios y fabricar diversos productos utilizando el excedente agrario, han ido perdiendo importancia y tienen diferentes tipos de propiedad: estatal, cooperativa y puramente privada.

En China existen grandes compañías privadas y una enorme miríada de empresas medianas y pequeñas, que constituyen las empresas más ricas y que más valor económico generan. Aunque hay más pruebas que demuestran el carácter capitalista de China, haremos un alto en el camino, sin olvidar que, aunque el Estado haya perdido una parte sustancial de las empresas que eran antiguamente públicas, sigue teniendo un papel fundamental en la economía, como en la orientación de las inversiones estratégicas y las empresas que operan en el país.

Como conclusión: ¿qué es el capitalismo político que opera en China y qué características tiene?

La primera característica es la existencia de una burocracia, muy eficiente y tecnocráticamente experta, que vela por que continúe el crecimiento económico y que pone en práctica las políticas para lograr dicho fin. En términos gramscianos, el crecimiento es fundamental para mantener su hegemonía. Dentro del sistema chino existe meritocracia en el interior de la burocracia, necesario para mantener su éxito como clase dominante, especialmente porque no existe el imperio de la ley típico del capitalismo meritocrático liberal.

Deng lanzó las reformas en 1978 con la idea de que la economía debía de transformarse, pero sin aplicar reformas de tipo occidental en el sistema político ni dar manga ancha a las empresas privadas, evitando así que éstas llegasen a acumular tanto poder como para doblarle la mano al Estado y al PCC y dictar sus condiciones, tal y como ocurre en ocasiones en Occidente.

La segunda característica es la utilización selectiva del imperio de la ley, que se aplica contra las empresas competidoras, contra enemigos políticos o miembros indeseables del partido, y que se ignoran cuando es necesario para mantener el poder de la clase dominante (en este caso el PCC). El PCC gobierna desde la arbitrariedad de la aplicación de la ley, o la falta de ella, y es una de las partes consustanciales del sistema.

Este mecanismo genera algunas contradicciones, como el choque entre la formación y existencia de una élite tecnocrática muy cualificada y una aplicación selectiva de las leyes, lo que socava al sistema en sí mismo, ya que dicha élite ha sido educada en la aplicación de la legislación y la acción de acuerdo a las normas. Una segunda contradicción es la corrupción que incrementa la desigualdad y la necesidad de mantener la desigualdad bajo control, por necesidades de legitimación del sistema. Según Milanović, la corrupción es endémica por el poder discrecional de la burocracia. Algunos miembros utilizan su posición para enriquecerse y el abuso de poder es mayor cuanto más alta es la posición. La corrupción es inherente al sistema del capitalismo político, pero si no se le pone freno o va muy lejos, puede minar la legitimidad de la burocracia como clase dominante (y del Partido), a la par que socavaría el crecimiento económico. Es por lo que el PCC, de vez en cuando, realiza campañas contra la corrupción, donde ejecuta unas cuantas cabezas de turco mandando un doble mensaje, contra los que se excedan en su avaricia y para demostrar a la población que existe un compromiso para reducir estas prácticas.

Como conclusión, si el gobierno chino no logra mantener a raya la corrupción endémica y se produce una combinación de crisis económica, aumento de las desigualdades y bajada del nivel de vida, pueden provocarse turbulencias en el gigante asiático, pero si logran poner límites y el crecimiento continúa, el dominio del PCC y de la burocracia estará (por el momento) garantizado.


Pedro González de Molina Soler es pofesor de Geografía e Historia y máster en Relaciones Internacionales.

El éxito, la guerra híbrida y las incertidumbres de China

Hace unos meses, el Presidente Xi Jinping, al conmemorar el 80 aniversario de la Larga Marcha, seguramente la principal gesta fundacional del Partido Comunista y la RP China, dijo: “Estamos en el punto de partida de una nueva Larga Marcha”.

La Larga Marcha fue la épica retirada, a lo largo de 12.000 kilómetros y más de un año de duración, del Ejército Popular para eludir ser rodeados por las tropas nacionalistas de Chang KaiShek durante la guerra civil. Solo uno de cada diez de los que participaron en ella llegaron vivos al final. ¿A qué se debe una analogía tan dramática y contundente? ¿Hay que tomársela en serio?

Para responder a la cuestión, repasemos cómo hemos llegado a la actual situación y retrocedamos algunas décadas en el tiempo.

El éxito

La integración de China en la globalización, entendida como el seudónimo del dominio mundial de Estados Unidos, contenía implícitamente como consecuencia el escenario de convertirla en vasallo de Occidente. El propósito era presionar a China para que aplicara las reformas estructurales definidas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, abriera totalmente sus mercados a las empresas occidentales y que la integración de las élites chinas en su globalización acabara dando lugar a una forma de gobierno subalterno más aceptable para Occidente que la del Partido Comunista Chino.

Para comprar un solo avión Boeing a Estados Unidos, China debía producir cien millones de pares de pantalones. No estaba previsto que, jugando en el terreno diseñado por otros, China torciera aquel propósito.

El “milagro chino” fue usar una receta occidental diseñada para su sometimiento para fortalecerse de forma autónoma e independiente. Lo hizo poniendo condiciones y restricciones a la entrada del capital extranjero en China y sobre todo manteniendo un control bien firme de las riendas del proceso. Lo consiguió porque, gracias al bajo precio y alta eficacia de la mano de obra en China, los extranjeros hicieron enormes beneficios en la “fábrica del mundo” y eso apaciguó a sus gobiernos. China aprovechó esa integración en la globalización para desarrollarse, aprender y adquirir tecnología. Los resultados están a la vista:

Esperanza de vida: 43,7 años en 1960 / 76,7 en 2018.

Pobreza extrema: prácticamente eliminada.

Alfabetización: 65% en 1982 / 96% en 2018.

Salarios medios: multiplicados por 10 en empresas estatales en 25 años. Doblado en empleos privados entre 2009 y 2017. En general se gana más en el sector estatal que en el privado.

Peso de China en el PIB global: 2,3% en 1980 / 17,8% hoy.

Contaminación: hace quince años, 16 de las 20 ciudades más contaminadas del mundo eran chinas. Hoy la situación sigue siendo grave, pero China ya es líder mundial en energías renovables.

Ciencia y tecnología: Sigue por detrás de Occidente y todavía es muy dependiente en Alta Tecnología, pero sus avances e inversiones en STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y matemáticas) son muy considerables.

Militar: Los avances en misiles y recursos antisatélites y de interferencia de comunicaciones (ASAT) podrían limitar ya seriamente los escenarios aeronavales de Estados Unidos en territorio chino. (Subrayo esto porque contra lo que se dice, China no busca un desafío militar global a Estados Unidos, sino equilibrar estratégicamente la correlación de fuerzas regional en Asia sur oriental para disuadir cualquier tentación de enfrentamiento allá).

Empresas estatales: muchas figuran entre las mayores del mundo en ámbitos como telecomunicaciones, energía, infraestructuras, ferrocarril, metalurgia, navieras, telefonía móvil y automóviles.

Un conocido comentarista americano (Fareed Zakaria, de la CNN) expresaba así su desconcierto:

La estrategia  produjo complicaciones y  complejidades que desembocaron en una China más poderosa que no respondía a las expectativas occidentales.

La conclusión se ha hecho obvia: La integración en la globalización no debilitó, sino que fortaleció al sistema chino.

Y la crónica de los últimos años añade ansiedad a la situación:

1-La crisis financiera global de 2008, genuino detritus de la economía de casino con centro en Estados Unidos, ofreció la primera evidencia de debilidad occidental y de los peligros que contiene la no regularización del sector financiero, así como el hecho general de que el capital mande sobre los gobiernos y no al revés. China gobernó la crisis mucho mejor, como había pasado ocho años antes con el estallido de la burbuja dot-com.

2-Las desastrosas consecuencias de las guerras que siguieron al 11-S neoyorkino hicieron patente una gigantesca irresponsabilidad por parte de la primera potencia mundial.

3-La retirada de Estados Unidos del acuerdo sobre cambio climático y la mala gestión de la crisis de la pandemia en Occidente (en comparación no solo con China, sino con el conjunto de Asia oriental) incrementaron esa evidencia de desbarajuste.

Todo esto no ha hecho más que aumentar la ansiedad en Occidente, lo que desemboca en un claro incremento de las tensiones (militares, comerciales, políticas) con China.

Así, el documento sobre estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos del año 2017, decía lo siguiente:

Asumimos que nuestra superioridad militar estaba garantizada y que una paz democrática era inevitable. Creíamos que la ampliación e inclusión liberal-democrática alterarían fundamentalmente la naturaleza de las relaciones internacionales y que la competencia daría paso a una cooperación pacífica. En cambio, ha comenzado una nueva era de competencia entre las grandes potencias que implica un choque sistémico entre las visiones libre y represiva del orden mundial.

El cerco y la respuesta

Hay que decir que el cerco comercial y militar alrededor de China siempre existió. En 1971, Nixon levantó el embargo comercial de 21 años iniciado con la guerra de Corea para incrementar la presión contra la URSS, que entonces era el enemigo principal, pero el cerco de bases militares se mantuvo: desde Corea hasta Afganistán, pasando por Japón, Australia y el Índico. En los últimos años se dan pasos para reactivar ese cerco y tras algunos contratiempos (el 11-S neoyorkino colocó al terrorismo yihadista en primer plano) se identifica definitivamente a China como el adversario principal.

La situación recuerda a la de un tahúr, que, jugando una partida de póker contra un adversario que creía insignificante, constata que pierde la partida pese a jugar con cartas marcadas. La reacción del tahúr en tal situación es volcar la mesa y desenfundar la pistola. Estamos asistiendo a algo muy parecido a eso.

Paralelamente, se produce un crecimiento de la política exterior china, que va parejo al incremento de su potencia. Conforme avanzaba el nuevo siglo, se hizo patente para los dirigentes chinos el desfase de la célebre recomendación de prudencia de Deng Xiaoping de finales de los años ochenta en materia de política exterior:

Observar la situación con calma, mantenernos firmes en nuestras posiciones. Responder con cautela. Solapar nuestras capacidades y esperar el momento oportuno. Nunca reclamar el liderazgo.

En 2012 Obama anunció el “Pivot to Asia”, trasladar al Pacífico el grueso de la fuerza militar aeronaval de Estados Unidos. Ante la evidencia de las turbulencias que se anunciaban, la nueva dirección china con Xi Jinping al frente (quinta generación de dirigentes desde el nacimiento de la RPCh) se ha puesto el cinturón de seguridad: ha fortalecido la autoridad del PC en todos los órdenes, y en liderazgo personal en su dirección colectiva.

Pero sobre todo, en 2013 China anuncia una ambiciosa estrategia global para salir del cerco, la Nueva Ruta de la Seda (Belt and Road Initiative – B&RI): un esfuerzo de varias décadas de duración con una financiación astronómica (de 4 a 8 billones de dólares), encaminado a establecer una red geoeconómica internacional de apoyo que integre económica y comercialmente al 70% de la humanidad a través de Eurasia, lo que necesariamente erosiona el poder de Estados Unidos en el hemisferio y complica sobremanera cualquier propósito de cerco a una potencia que sin ser “amiga”, ni “aliada”, ni “líder de bloque”, es socia positiva de casi todas las naciones. El objetivo implícito, en palabras de Henry Kissinger, es, nada menos, que “trasladar el centro de gravedad del mundo desde el Atlántico al Pacífico”. A su lado el histórico Plan Marshall queda como algo pequeño…

Contra eso, Estados Unidos propone el viejo modus operandi de la guerra fría contra la URSS de sanciones, embargos y presión militar (sin comprender que China no es la URSS). Además, comete la inmensa torpeza de fomentar la alianza de Rusia con China, algo que ni Moscú ni Pekín deseaban.

Guerra híbrida

El recetario de esa presión contra China se traduce en una guerra híbrida que hoy tiene 9 frentes abiertos:

1. Una fuerte campaña de propaganda mediática para denigrar al gobierno chino.

2. Una alianza militar enfocada contra China en el ámbito de los océanos Índico y Pacífico: Quad; Australia, India, Estados Unidos y Japón (Se creó en 2007, pero se ha reactivado significativamente desde 2017).

3. Una cruda actividad de la CIA en China. (El NYT informó que entre 2010 y 2012, China desmanteló toda una red operativa eliminando o encarcelado a una docena de agentes).

4. Una intensa actividad de hackeo de las agencias de seguridad de Estados Unidos contra empresas, centros de investigación y ministerios chinos. (En Occidente solo se habla de hackeo referido a actividades de Rusia y China)

5. Fomento de las protestas separatistas en Hong Kong desde 2014 e incremento del apoyo militar a Taiwán.

6. Apoyo al separatismo en Xinjiang e intensa campaña de “derechos humanos” y denuncia de “campos de concentración” y “genocidio” contra los musulmanes uigures de esa región clave para la B&RI.

7. Incursiones aeronavales periódicas en el Mar de China Meridional.

8. Guerra tecnológica contra grandes empresas como el gigante de telecomunicaciones ZTE -designada como “amenaza a la seguridad nacional”- o Huawei, cuya directora financiera fue detenida en Canadá, con el objetivo de cortar su exitosa expansión en el mundo.

9. Guerra comercial, iniciada por Trump en 2018.

La situación es sumamente peligrosa porque Estados Unidos parece reaccionar a su relativo declive abandonando la diplomacia y recurriendo cada vez más a las sanciones, la presión y la acción militar. Recordemos que vivimos en un mundo hipertrofiado de recursos de destrucción masiva (que ya son de amplio consumo). Es verdad que eso ya era así en la anterior etapa de la dialéctica bipolar Estados Unidos/ Unión Soviética, pero es que ahora, además, se abandonan los acuerdos de control de armamentos entre superpotencias. Eso es gravísimo.

Ahí es donde hay que situar las declaraciones de Xi Jinping sobre la Larga Marcha y su mensaje de “prepararse para algo muy duro”. Es la creciente virulencia de la guerra comercial y tecnológica, de las provocaciones militares y de las campañas de denigración de los últimos meses, lo que determinan esos tonos dramáticos y movilizadores.

Aisladas de su contexto, este tipo de declaraciones se utilizan en Occidente para confirmar los peligros de una China crecida. Sin embargo la simple realidad es que en más de cuarenta años (mientras occidente se implicaba en guerras en: Yugoslavia, Irak, Afganistán, Libia y Siria, entre otras), China no ha participado en ningún conflicto bélico.  Y, sobre todo, si hay que hablar de gobernanza mundial hay que poner por delante una carencia de China que contrasta fuertemente con Estados Unidos y sus aliados occidentales: China carece de ideología mesiánica y de cualquier propósito de convertir en chinos a los demás países del mundo. La promoción de un chinese way of life no figura en los catálogos de exportación chinos (de puertas adentro, es otra cuestión como se ve en Tibet y Xinjiang), lo que supone una mayor garantía para la diversidad mundial.

Extractivismo y comercio ecológicamente desigual

De cara a su futuro comportamiento en el mundo, China presenta algunas ventajas y virtudes. Una clara ventaja para el mundo de hoy es su menor predisposición a la violencia y el conflicto, su desinterés en la carrera armamentística, la ausencia de un “complejo militar-industrial” capaz de influir e incluso determinar la política exterior, como ocurre en Estados Unidos, y su doctrina nuclear, que es la menos demencial entre las de los cinco miembros del Consejo de Seguridad de la ONU. Sin embargo, por si solas, esas ventajas y virtudes no son una garantía de que un eventual dominio chino no degenere en otra modalidad de imperialismo.

La B&RI es conocida como la “nueva ruta de la seda”, que designa el flujo histórico de mercancías preciosas (y con ellas de algunos conocimientos) que unió el Asia Oriental sinocéntrica con el Occidente de manera intermitente e irregular durante siglos desde antes del nacimiento de Cristo. El nombre y la analogía que sugiere son bonitos, pero lo que hoy se mueve, y se moverá aún más en el futuro, no es seda, piedras preciosas, marfil y ámbar, sino carbón y recursos fósiles no renovables (utilizados para producir de todo en la fábrica del mundo), así como obras públicas desarrollistas para colocar los excedentes monetarios de la balanza comercial china. La pregunta sobre la proyección mundial de la potencia china es qué tipo de relaciones entre países creará esa estrategia.

En materia de dominio colonial-imperialista ha habido dos secuencias a lo largo de la historia. Una es la conquista militar, seguida del dominio económico (trade follows flag). Otra es el poder político como consecuencia del comercio y la inversión (flag follows trade). El occidente colonial e imperialista, que no imagina otro mundo que no sea jerárquico y desigual (“piensa el ladrón que todos son de su misma condición”, dice el refrán), afirma que China sigue el segundo modelo: a su expansión comercial e inversora, seguirá un dominio político.

En mi opinión este es un escenario que en absoluto se puede desdeñar.

Que China afirme que no quiere ser hegemón, conductor, guía, dominador, es algo que no pasará de ser una declaración de buenas intenciones, si su proyección mundial se basa en un comercio económica y ecológicamente desigual como el que tenemos en el mundo de hoy entre los países ricos y dominantes y los pobres y dependientes. Esa declaración puede ser tan irrelevante como la de los europeos llevando “la civilización” a los “salvajes” en el siglo XIX, o los estadounidenses promoviendo la “democracia y los derechos humanos” a punta de guerras y masacres en el siglo XX hasta el día de hoy.

En África y América Latina las actuales relaciones comerciales consagran por doquier la “economía extractivista”. Como ha explicado Joan Martínez Alier, se dice que una economía es extractivista cuando está dominada por la extracción, con poca elaboración, de materias primas concentradas en pocos sectores dependientes de la demanda exterior. En ese intercambio ecológicamente desigual, los costes ambientales (la extracción de materias primas tiene muchos) se transfieren a otros continentes y no se incluyen en la contabilidad económica, pese a que causan gravísimos perjuicios a la naturaleza, a las poblaciones inmersas en ella y a sus derechos. A eso responde el concepto de “deuda ecológica”.

Centenares de activistas han muerto en América Latina en los últimos veinte años enfrentándose al extractivismo y el atlas de los conflictos ambientales (que un equipo del Instituto de Ciencia y Tecnología ambientales de la Universidad Autónoma de Barcelona ha confeccionado) presenta un cuadro inequívoco al respecto.

Con la explotación de materias primas en las últimas vetas mundiales, China está adquiriendo un gran protagonismo en este tipo de intercambio que la puede instalar en una nueva fase de dominio imperialista, bien a pesar de las declaraciones e intenciones de sus líderes. Su demanda y su comercio están deforestando Gabón y Mozambique, creando una devastadora agricultura de monocultivo de soja en Brasil, Argentina y Paraguay. Seguramente China no hace nada que no hagan otros, o que otros han hecho antes en esos u otros países, pero eso cambia poco la cuestión…

Como consecuencia, e independientemente de la intensa campaña mediático-propagandística occidental contra China, la imagen del país ha empeorado en prácticamente todos los continentes, incluidos aquellos como África y América Latina, bien predispuestos hacia ella por razones de la empatía que una antigua y lejana nación históricamente sometida y colonizada genera en otras en situación similar. Por todo ello, será imperativo examinar fríamente el comportamiento exterior de China desde el punto de vista de lo que tenemos planteado como especie.


Rafael Poch-de-Feliu (Barcelona, 1956) ha sido veinte años corresponsal de La Vanguardia en Moscú (1988-2002) y Pekín (2002-2008). Luego fue corresponsal en Berlín, de 2008 a 2014. Antes, en los años setenta y ochenta, estudió historia contemporánea en Barcelona y Berlín Oeste, fue corresponsal en España de Die Tageszeitung, redactor de la agencia alemana de prensa DPA en Hamburgo y corresponsal itinerante en Europa del Este (1983 a 1987). Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS (traducido al ruso, chino y portugués), sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un pequeño ensayo colectivo sobre la Alemania de la eurocrisis (traducido al italiano). En enero de 2018 fue despedido como corresponsal de La Vanguardia en París.

Editorial: ¿Un emergente imperio chino?

“China es un gigante dormido. Déjenla dormir, porque cuando despierte, sacudirá el mundo”.

Napoleón Bonaparte.

 

“La burguesía, con el rápido perfeccionamiento de todos los medios de producción, con las facilidades increíbles de su red de comunicaciones, lleva la civilización hasta a las naciones más salvajes. El bajo precio de sus mercancías es la artillería pesada con la que derrumba todas las murallas de la China”.

Marx y Engels, Manifiesto Comunista.

Continuamos la aventura de La Casamata con este número dos, dedicado a China. Y empezamos en esta ocasión con dos citas muy interesantes. En la de Napoleón, el corso no llegó a ver lo que sí llegó a ver Marx: que la entrada de la burguesía extranjera –empezando por la británica, a través, por ejemplo, de las Guerras del Opio– en ese milenario “gigante dormido” era posible. La paradoja es que sean unos herederos de Marx, el Partido Comunista de China (PCCh), los grandes promotores del despertar de ese gigante y los protagonistas de su contraataque, dando la vuelta a eso que decían Marx y Engels sobre “el bajo precio de las mercancías” que “derrumba todas las murallas chinas”. El PCCh es el que ahora derrumba otras murallas, esta vez las de aquellos que les sumieron en el “siglo de las humillaciones”. Lo hace, además, no sólo con mercancías baratas, sino con mercancías con tecnología de punta.

Ese despertar y contraataque de China implica un montón de preguntas. En el terreno de la economía política: ¿es China un capitalismo salvaje gestionado por una burocracia estalinista?, ¿es un socialismo sui géneris comparable a la NEP de los primeros años 20 en la URSS?, ¿es una estructura económica compleja e híbrida, donde el capitalismo se encuentra subordinado a un modo de producción estatista que podría describirse como un modo de producción poscapitalista aunque no socialista?, ¿o simplemente es una variedad de capitalismo, como puede ser el socialdemócrata nórdico, el liberal anglosajón o el conservador germano, siendo en este caso un capitalismo de Estado asiático confuciano?

En el terreno de la política: ¿se rompe con China el mantra de la inevitabilidad de la democracia liberal una vez que se llega a un cierto nivel de desarrollo?, ¿se pone de manifiesto que un dictadura es más eficiente que las democracias?, ¿es China la venganza de Platón, Hegel y Marx contra Popper, en el sentido de que una “sociedad cerrada” (autocrática) se muestra como una alternativa y dura competidora a lo que este último denominaba “sociedades abiertas” (las democracias capitalistas)? ¿y si China nos hace revisar las clasificaciones de los regímenes políticos que hicieron los clásicos griegos como Platón y Aristóteles, y resulta que China pudiera ser una aristocracia o gobierno de los mejores frente a la plutocracia/oligarquía o gobierno de los ricos en occidente?

En el terreno de la sociología: ¿es China una dictadura? Siguiendo a Marx, sí, igual que ocurre en toda sociedad de clases y todo Estado, por lo que, independientemente de la forma o régimen político (más democrático o más autocrático o mezclas de ambos), la pregunta es cuál es la clase dominante de turno: ¿es la clase capitalista dominante en China o lo es una nueva clase profesional y directiva asalariada?, ¿cuál es la posición del proletariado y los campesinos?

En el terreno de la (filosofía de la) historia, una vez que el “fin de la historia” de Fukuyama se ha ido por el desagüe, y aunque por supuesto no tenemos la ciencia media como no la tiene nadie, y, por lo tanto, no se puede saber lo que el indeterminado futuro nos depara, a su vez sí que hay tendencias muy fuertes y, por supuesto, sus contratendencias y contingencias posibles de todo tipo. Frente a la filosofía de la historia de Hegel, que veía la modernidad burguesa como la racionalizadora de la historia con el despliegue del “espíritu absoluto” a través de ese “espíritu objetivo” burgués y el “amanecer del espíritu” como preámbulo de la historia, en oriente, concretamente China… frente a Marx, que consideraba el comunismo, traído a través de las revoluciones y las dictaduras del proletariado, como el comienzo de la historia frente a la prehistoria que serían todas las sociedades estatales y de clases tras el “comunismo primitivo”, siendo el “modo de producción asiático” (de nuevo el oriente y por supuesto también China) esa primera sociedad estatal y de clases… ¿puede devenir la China actual en el triunfo de una sociedad que implique una vuelta a ese “amanecer del espíritu” oriental de Hegel o ese “modo de producción asiático” de Marx, pero con las nuevas fuerzas productivas y la nueva clase como protagonistas?

Parafraseando a Weber sobre “el espíritu protestante del capitalismo”, ¿podríamos decir que “el espíritu confuciano del modo de producción neoasiatico” se perfila como el “movimiento real que anula y supera el estado cosas partiendo de las premisas existente”, que decían Marx y Engels sobre el comunismo?, ¿y eso no sería, al fin y al cabo, el culmen de la “racionalidad burocrática” de Weber como la característica esencial de la modernidad llevada a su máximo?

Y si seguimos al filósofo español Gustavo Bueno, concretamente su filosofía de la historia como “vuelta del reves de Marx”; es decir, la dialéctica conjugada de clases y Estados e imperios como “motor” de la historia, y, en su máximo, de imperios que, cuando vencen a otros, son los que hacen historia, ¿qué tipo de imperio es el chino? Dado que no se propone exportar su modelo económico-social-político-ideológico, su imperialismo no sería, siguiendo a Bueno, “generador” (como el macedónico de Alejandro, el romano, el califato omeya, el español, el francés napoleónico o el soviético) ni centrifugo; es decir, teniendo como límite todo el planeta y, por lo tanto, no busca reproducir sus estructuras e instituciones de todo tipo más allá de la gran muralla; en todo caso, busca que las demás sociedades giren a su alrededor y a su conveniencia. Se trataría, por lo tanto, de un imperio centrípeto: el “imperio del centro”. Pero, a la vez, tampoco parece ser un imperialismo “depredador” (el contrario del “generador”) como el persa, ateniense, mogol, otomano, británico, holandés, la Alemania nazi, la UE alemana como Cuarto Reich o el norteamericano, ya que con América Latina, África o Asia, a través de su presencia comercial, es mucho menos “depredador” que otras potencias, como las occidentales, ya que eleva el nivel de estos aunque no les hace ni busca hacerlos chinos o “nuevas chinas”. ¿Y si nos encontramos, de ahora en adelante, ante la decadencia del imperialismo liberal anglosajón, protestante, capitalista y depredador (antes, el Imperio inglés que venció al español y, después, el norteamericano que venció al soviético), que han dominado la modernidad capitalista, ante el emergente imperio estatista, socialista, capitalista de Estado y confuciano chino?