Editorial: Yolanda Díaz: ¿Laborismo español?

Hace algunas semanas, a través de una tribuna publicada en El País, Daniel Bernabé lanzó la envoltura ideológico-programatica que, según él,  ha de tener el proyecto político que está construyendo y va a liderar Yolanda Díaz. Las aspiraciones y características de ese proyecto han aparecido en medios diversos y con diferentes perspectivas, con firmas como las de Manolo Monereo, Esteban Hernández o Pedro Vallín.

En su artículo, Bernabé etiqueta ese proyecto como “laborismo” y hace una analogía con el laborismo inglés de la segunda posguerra mundial, con una alusión a la película de Ken Loach El espíritu del 45 para mentar un supuesto “espíritu de 2020”. Hace también una alusión al PCE como la organización política (junto a los sindicatos UGT y CCOO, sobre todo estos últimos) que debe ser la columna vertebral organizativa de este “laborismo”. De paso, rescata el eurocomunismo de los años setenta para salvar lo que él denomina “realismo reformista”, el cual, a su juicio, debe caracterizar al PCE actual como gran apoyo del proyecto de Díaz.

La analogía entre los “espíritus” de 1945 y 2020

Bernabé quiere mostrar que ahora, como entonces, estamos en una coyuntura parteaguas, en donde un orden estaría mutando a otro siendo la pandemia de la Covid-19 una oportunidad para que la clase trabajadora, con sus necesidades materiales, vuelva al centro de la agenda al tiempo que el Estado se refuerza frente al mercado. Todo ello, elaborado sobre la analogía de la experiencia británica tras la Segunda Guerra Mundial y la victoria sobre el nazi-fascismo, que fue la espoleta para el triunfo laborista de 1945.

A nuestro juicio, las diferencia entre los dos momentos espacio-temporales se nos antojan muy grandes. Primero, porque el Reino Unido que salía de la guerra necesitaba una reconstrucción económica fruto de los destrozos mucho más grandes que los que tiene España con la pandemia; durante la guerra hubo un gobierno de coalición entre conservadores y laboristas que preparó el camino de las políticas que Attlee desarrolló durante su mandato y que fueron mantenidas por los conservadores hasta la irrupción de Margaret Thatcher. En España, la polarización política ha aumentado y se ha multiplicado. El patriotismo generalizado y transversal fruto de la guerra y de las necesidades de reconstrucción después de la misma en la Gran Bretaña del 45 no se ven en una España donde los nacionalismos periféricos cada vez aprietan más frente a una izquierda que, desde el gobierno, cede ante ellos por necesidad, oportunismo o convicción, y una derecha que patrimonializa la bandera y la nación española ante la dejadez y el abandono de las mismas por la izquierda. Por último, y no menor, el Reino Unido del 45 no solo no tenía una UE que le dictaba y limitaba el camino, sino que tenía en las limes de la Europa Oriental los tanques soviéticos, que posiblemente hicieron más por la aparición del “espíritu del 45” (o del Plan Marshall, etc.) que cualquier otra cosa.

Eso sí, para nosotros sí hay otra analogía entre el “espíritu del 45” y el “espíritu de 2020”, y también entre el “tradeunionismo” (que diría Lenin) del laborismo inglés y el supuesto “laborismo” yolandista, algo de lo que hablaremos más adelante. Ahora vamos con el “realismo reformista”.

“Realismo reformista”, eurocomunismo, y el PCE

El “realismo reformista” del PCE tiene su origen en un debate crucial a mediados de los sesenta entre Fernando Claudín y Santiago Carrillo. En esa polémica, Claudín, de una manera realista y marxista, analiza acertadamente el desarrollismo franquista como un exitoso proceso de acumulación capitalista y desarrollo de las fuerzas productivas, el cual estaba poniendo a España en la senda de las estructuras económicas y sociales de los demás países capitalistas occidentales. La diferencia estaba únicamente en la estructura política-jurídica-ideológica dictatorial franquista respecto a aquellas de las democracias liberales. Claudín, también acertadamente, veía que una parte del régimen tendería a cambiar esa estructura política-jurídica-ideológica hacía la democracia liberal, y que el papel “realista reformista” del PCE debría ser, en ausencia de alternativa real, el de pactar ese cambio desde una posición de fuerza. Podríamos recurrir aquí a la noción gramsciana de “revolución pasiva” para explicar la paradoja a la que se enfrentaba la organización. El PCE podría participar en ella con la finalidad de asegurar que los cambios políticos derivaran en la instalación de una democracia para así, después, siguiendo la estela del PCI en Italia, acumular fuerzas para participar en la “guerra de posiciones” de cara a una posible siguiente fase, en la que ahí sí se pudiera poner el socialismo encima de la mesa o pasar a una “guerra de movimientos”.

Claudín fue expulsado, pero su tesis realista-reformista fue la que Carrillo y el PCE adoptaron bajo la etiqueta de “eurocomunismo” en los años setenta y en la transición. Pero eso sí, sin llegar a un escenario italiano y, por lo tanto, sin un PCE potente acumulando fuerzas para cuando se dieran condiciones, pasados los años, para ir hacía el socialismo. No, lo que vino fue, y es, el “régimen del 78”.

Pero cuidado, ese “realismo reformista” eurocomunista de Claudín y Carrillo (a la izquierda y a la derecha, respectivamente, aunque con el tiempo ambos convergieron en los alrededores, o ya dentro, del PSOE) era un proyecto en construcción de un marxismo y un socialismo sui géneris (no era una socialdemocracia disfrazada) con una nueva clase emergente como sustento. Paradójicamente, ese socialismo terminó desarrollándose en Oriente y por medios políticos diametralmente opuestos a los que defendía el eurocomunismo en Europa (quizás precisamente por eso). Así, al igual que el eurocomunismo a la inglesa fue el canto del cisne del laborismo como prólogo a Thatcher, el eurocomunismo continental, el programa común francés o hasta los fondos de asalariados suecos fueron, todos ellos, el canto del cisne de las izquierdas socialdemócratas y comunistas en un punto de inflexión.

“Espíritu de 2020”, “realismo reformista” y “laborismo español” yolandista

Para la economista neoschumpeteriana Carlota Pérez, el capitalismo se desarrolla en sucesivas revoluciones tecnológicas con fases descendentes y ascendentes (muy similares a las de Kondratieff) de “destrucción creativa” y “construcción creativa”, respectivamente, con un turning point en medio de ambas que sería una suerte de Rubicón en donde se define la correlación de fuerzas que va a construir un “entorno socio-institucional” que llevará a una nueva “edad de oro” y a un nuevo “paradigma tecnoeconómico”. El “espíritu del 45”, y, más allá, todo el consenso socialdemócrata y democristiano fue el entorno “socio-institucional” que llevó a la “edad del oro” del “paradigma tecnoeconómico” del keynesianismo-fordismo en Occidente. Ahora (y desde el 2002-2003) estamos en un nuevo turning point, en donde la Covid-19 y sus efectos a todos los niveles (económicos, políticos y geopolíticos) podría llevarnos a un “espíritu de 2020” y un nuevo consenso, fruto de una nueva correlación de fuerzas hacia una nueva “edad de oro”. Biden en Estados Unidos, los fondos Next Generation en la Unión Europea, la nueva coalición “semáforo” en Alemania… podrían abrir un nuevo “entorno socio-institucional” para una nueva fase de acumulación capitalista adaptada a, y desarrolladora de, las nuevas fuerzas productivas. Eso podría ser el “Estado emprendedor” de la también neoschumpeteriana Mazzucato y el “Estado inversor social”, basado en unas políticas sociales activas keynesianas de la oferta (no pasivas y de la demanda) o predistributivas (y no redistributivas).

Ese es el ambiente en el que entra el “laborismo” yolandista, un “estado emprendedor” fomentado por los PERTE de los fondos europeos y un “Estado inversor social”, del que ya podemos ver la patita en lo que posiblemente será la flexisegura reforma laboral u otras políticas y leyes flexiseguras, que como la anterior vienen muy marcadas por las condicionalidades de los fondos europeos. Es decir, lo que desde La Casamata alcanzamos a ver es un “laborismo” yolandista que, como mucho, estaría ligeramente más a la izquierda del sanchismo como proyecto ideológico-programático, en un tradeunionismo que responda a una conciencia de clase básica que busca un reformismo realista (explicitado perfectamente en estas declaraciones del secretario general del PCE) dentro de los límites del capitalismo en su posible nueva cara.

Conciencias de clase básicas tradeunionistas, las de una base social que, como mucho, sería la compuesta por los laboratores de la clase obrera del radio de influencia (afiliados y simpatizantes) de lo que queda de industria, las administraciones públicas y las grandes empresas privadas de los dos grandes sindicatos (UGT y CCOO) junto a los laboratores más juveniles y precarizados, carne estos de OPE (oferta pública de empleo) y pertenecientes a la fracción sociocultural de la clase profesional y directiva asalariada (profesorado, periodistas, artistas y, en general, licenciados de humanidades y ciencias sociales) e, incluso, una parte de los laboratores precarizados y no sindicalizados del proletariado de servicios (hostelería, comercio, trabajadoras del hogar, limpieza, riders y conductores de VTC) que mejoren algo su situación con las leyes y acción del Ministerio de Trabajo. Una coalición de clases como base social que, si Yolanda Diaz consigue llegar a formar ese frente transversal, a lo Manuela Carmena o el primer Podemos errejoniano, o el también errejoniano Más Madrid, podría llevarla, quizás, a tener un éxito electoral similar al que han tenido todos esos ejemplos, y siempre en detrimento del PSOE, aunque también puede quedarse como mínimo a medio camino en construir esa coalición de clases y simplemente mantener, con quizás alguna mejora, los resultados electorales de la Unidas Podemos de 2019.

Volviendo a la polémica Claudin-Carrillo y el “reformismo realista”, podríamos concluir que si, Claudín primero y Carrillo después, proponían una estrategia defensiva o de “guerra de posiciones” hacía una “revolución pasiva” en una primera fase para, pasado el tiempo, y con mejor correlación de fuerzas y condiciones objetivas, ir hacía una estrategia ofensiva o “guerra de movimiento” hacía el socialismo… el “laborismo” yolandista sería, como mucho, una estrategia defensiva que no llegaría ni a “guerra de posiciones”. Una nueva iniciativa que se limitaría a ubicarse ligeramente a la izquierda del socio-liberalismo en el eje material (claramente a la derecha de la socialdemocracia “tradeunionista” del laborismo inglés del “espíritu del 45” y, también, claramente a la derecha del eurocomunismo setentero) y totalmente dentro de la diversidad identitaria, de perfil posmoprogre en el eje cultural. Hablamos de una estrategia adaptativa, sin objetivos maximos, solo mínimos, al nuevo posible consenso o “entorno socio-institucional” o “revolución pasiva” para lanzar una nueva fase de acumulación capitalista en Occidente: la de un capitalismo semáforo (22) a la española. Todo ello empaquetado, eso sí, con el envoltorio de los giros históricos a los que nos tienen acostumbrados los dirigentes de la nueva política.

Cuatro tesis sobre el 15M: de Zapatero a Sánchez (II)

Continuación. Las dos primeras tesis, disponibles aquí.

3. Un nuevo 1848, ciclo Kondratieff y Rubicón.

Me recuerda a 1848, otra revolución autoimpulsada que empezó en un solo país y después se extendió por todo el continente en poco tiempo (…) Dos años después de 1848 parecía como si todo hubiera fracasado. Pero a largo plazo, no había fallado. Se habían conseguido una buena cantidad de avances liberales. De modo que fue un fracaso inmediato, pero un éxito parcial a medio plazo, aunque ya no en forma de una revolución (…) Lo que los une es un descontento común y unas fuerzas de movilización comunes: una clase media modernizadora, más que todo joven, estudiantes y, sobre todo, una tecnología que hace que hoy sea mucho más fácil movilizar protestas (…) Las ocupaciones en la mayoría de casos no han sido protestas de masas, no fueron el 99%, sino estudiantes y miembros de la contracultura. A veces, eso encontró un eco en la opinión pública. En el caso de las protestas contra Wall Street y las ocupaciones anticapitalistas fue así (…) La izquierda tradicional estaba orientada a un tipo de sociedad que ya no existe o está dejando de existir. Creían sobre todo en el movimiento obrero como responsable del futuro. Bien, hemos sido desindustrializados y eso ya no es posible (…) Las movilizaciones de masas más efectivas hoy son las que empiezan en una clase media moderna y en particular en un cuerpo enorme de estudiantes.
Entrevista a Eric Hobsbawn en la BBC, diciembre del 2011.

 

Esta mezcla global de elitismo y populismo, política de izquierdas y de derechas la ultraestetización de la revuelta y el presunto “vandalismo” puede remontarse en parte a los volátiles fundamentos de clase de la ola de revueltas de 2009-14 (así como a la dinámica sistémica mundial. Sin embargo (…) la centralidad de la nueva clase media fue una de las principales razones por las que esta oleada de revueltas fue totalmente ambivalente. (…) Sin embargo, dados sus privilegios (desigualmente distribuidos), no podemos estar seguros de qué tipo de soluciones políticas apoyará esta clase en el futuro. Los marcos que no reconocen la centralidad de la contradicción de las posiciones de la clase media -ya sea de la izquierda o de la derecha, ya sea optimista o pesimista sobre la política de la clase media – no pueden llevarnos lejos en la comprensión de la política del siglo XXI. El lado más oscuro (elitista, autoritario, contrario a los estratos inferiores, ocasionalmente fascista) de la nueva política de la clase media fue más visible en los últimos eslabones de la cadena (Venezuela y Ucrania), pero no estuvo ni mucho menos ausente en las revueltas contra la mercantilización en la globalización (…) Otra forma de expresar lo mismo: un rasgo definitorio de la nueva pequeña burguesía es (la dependencia de) la ‘competencia’. Esta palabra mágica (con sus connotaciones científicas y racionalistas) subraya lo que la diferencia de la antigua pequeña burguesía, al tiempo que también señala las determinaciones económico-ideológicas afines de las dos clases (el oficio; la creencia en el conocimiento, la autonomía, etc.; y la naturaleza gremial de sus habilidades y su posición social) (…) La ocupación (como otros índices) es un indicador imperfecto, pero para medir la pertenencia a esta clase, las encuestas y otros instrumentos pueden tener en cuenta lo siguiente: los antiguos profesionales (ingenieros, médicos, dentistas, abogados, farmacéuticos, académicos, contables, etc., la mayoría de los cuales constituyen los miembros relativamente más privilegiados de esta clase); los empleados de los servicios médicos y sociales, los administradores de rango medio y bajo y los profesionales de los medios de comunicación (la ‘nueva’ pequeña burguesía del siglo XX); y algunos de los ‘nuevos profesionales’ de nuestra época que se encuentran en la cresta de la ola de la neoliberalización (expertos financieros, empleados del sector inmobiliario, etc.), cuyos privilegios y distinciones están siendo enormemente contestados.
Cihan Tugal, “Elusive revolt: The contradictory rise of middle class politics”, Thesis Eleven, 2015.

 

¿Qué conexión puede haber entre 1848 y 2011? A primera vista puede incluso hacer daño comparar una obra magna, publicada en 1848, El Manifiesto Comunista de Marx y Engels, con el ¡Indignaos! de Stéphane Hessel, que devino en una especie de biblia del 15M. Bromas aparte, sí existe una primera similitud que se nos viene a la cabeza. En ambos casos observamos una serie de revueltas, insurrecciones o revoluciones que, empezando en un país, continúan en otros: en 1848 comenzó en Francia y se extendió a lo que años después sería Alemania y Europa Central pasando por lo que años después sería Italia; en 2011 la cosa comenzó en el norte de África (Túnez, Egipto) se extendió al sur de Europa (particularmente España) y llegó a diferentes países del mundo, incluyendo los Estados Unidos.

Pero también hay diferencias. Las composiciones de clase fueron diferentes en uno y otro caso: en 1848 nos encontramos a la burguesía industrial ascendente con el apoyo de la pequeña burguesía y el naciente movimiento obrero, un proletariado, eso sí, que también se enfrenta a esa burguesía (como magistralmente nos mostró Marx en sus textos sobre las luchas de clases en Francia o el Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte), todos ellos frente al statu quo consecuencia de la derrota de la Francia napoleónica y la restauración del Congresos de Viena. 163 años después, en 2011, tenemos a una nueva clase media profesional y directiva asalariada como constante y principal protagonista frente al statu quo, fruto de la derrota de la URSS y la de su enemigo íntimo, la socialdemocracia, por el neoliberalismo vehiculado en el Consenso de Washington. La principal diferencia, pues, entre los diferentes componentes de clase se deben a dos momentos diferentes en la historia y el desarrollo del modo de producción capitalista.

Sin embargo, partiendo de ese modo de producción, podemos encontrar la más importante y profunda similitud de ambos años. Tanto en 1848 como en 2011 se observa una dinámica (o leyes/tendencias de movimiento) propia del capitalismo basada en, además de un desarrollo simpar de las fuerzas productivas y su expansión geográfica, crisis recurrentes a corto plazo y, sobre todo, estructurales o de largo plazo. Ahí entran los llamados Ciclos de Kondratieff, los cuales se dividen en dos grandes fases; una A (de más o menos veinticinco años de duración), caracterizada por el crecimiento robusto de la economía, y otra B (de la misma duración que la A) de ningún o bajo crecimiento. En ambas fases se mueven ciclos cortos, de Juglar y Kitchin, menos o más profundos en la fase A o en la B respectivamente.

KONDRATIEV wave theory1

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Basándose en esos ciclos, así como en las ideas de Schumpeter, Carlota Pérez analiza las diferentes revoluciones tecnológicas como las causas que estarían detrás de los mismos, desde la revolución tecnológica que fue la Revolución industrial en la Gran Bretaña de finales del siglo XVIII hasta la que se inicia en Silicon Valley a finales del pasado siglo XX. En este largo período, contabiliza hasta ahora cinco revoluciones tecnológicas. La fase de instalación de una revolución tecnológica del modelo de Carlota Pérez sería equiparable al momento de una fase B de un ciclo Kondratieff. A esa fase de instalación la llama, siguiendo a Schumpeter, de “destrucción creativa”, en cuanto nuevas industrias, ramas, mercados y sectores surgen a lomos de la revolución tecnológica de turno, destruyendo otras industrias, ramas, mercados y sectores u obligándoles a adaptarse a las innovaciones tecnológicas y organizativas para sobrevivir.

Pero todo eso llega a un límite que ella llama “punto de inflexión”, que en cada revolución tecnológica dura más o menos tiempo, al que se llega como consecuencia de la baja rentabilidad de las empresas – en contraste con lo que sucede en la fase A – y por un capital financiero que ha pasado de suministrar dinero a los “emprendedores” o “burgueses schumpeterianos” de las nuevas tecnologías (un Henry Ford en una época o un Steve Jobs en otra, por ejemplo) a jugar a la especulación pura y dura – o “capital ficticio”, en términos de Marx –, creando así burbujas que, junto a la crisis de rentabilidad del sector productivo que subyace a la apuesta por el “capital ficticio”, llevan a una fuerte crisis o sucesiones de crisis que rompen todas las costuras (ya muy deshilachadas por la “destrucción creativa”). En este punto se observan consecuencias en forma de profundización de los conflictos, las luchas y la dialéctica dentro de los Estados y entre ellos (revoluciones, rebeliones, guerras, golpes, inestabilidad política, etc.). Todo se pone en cuestión. Y justo ese “punto de inflexión” o Rubicón es donde se observa la similitud más de fondo de la que hablamos entre 1848 y 2011. En ambos años, el fondo que determina el drama de las dos “primaveras de los pueblos o de las naciones” es ese, aunque con diferentes actores, dados los diferentes momentos de desarrollo de las fuerzas productivas dentro del modo de producción capitalista.

Eso sí, la solución recurrente a todos esos Rubicón ha sido la de la victoria de un bloque social en una serie de Estados, los cuales construyen raíles, o “marco socio-institucional”, en términos de Carlota Pérez, que pueden ser y han sido diferentes. Pero sobre todos esos raíles discurrirá como un tren bala la revolución tecnológica de turno, el conjunto dado de fuerzas productivas se desarrollará en su plenitud, con cada vez mayor inversión, mayores beneficios y rentabilidad, volviendo la paz social y amortiguándose las desigualdades, constituyéndose un orden mundial nuevo o reforzándose otro anterior. Eso es lo que Carlota Pérez llama “la Edad de Oro” o fase de despliegue, que sería el equivalente a la Fase A de un ciclo Kondratieff que, a su vez, llegará a su fin cuando toda ese despliegue de la revolución tecnológica llegue a su madurez, muera de éxito (la tendencia a la caída de la tasa de ganancia y la sobreproducción de Marx y el consiguiente recrudecimiento de todo tipo de conflictos sociales, políticos, geopolíticos) y se vuelva de nuevo a la fase B de un ciclo Kondratieff o la “destrucción creativa” de la fase de instalación de una nueva revolución tecnológica.

 

4. La nueva política y un PSOE renacido en Sánchez.

En la ‘relación de fuerza’ mientras tanto es necesario distinguir diversos momentos o grados, que en lo fundamental son los siguientes:

1) Una relación de fuerzas sociales estrechamente ligadas a la estructura, objetiva, independiente de la voluntad de los hombres, que puede ser medida con los sistemas de las ciencias exactas o físicas. Sobre la base del grado de desarrollo de las fuerzas materiales de producción se dan los grupos sociales, cada uno de los cuales representa una función y tiene una posición determinada en la misma producción. Esta relación es lo que es, una realidad rebelde: nadie puede modificar el número de las empresas y de sus empleados, el número de las ciudades y de la población urbana, etc. Esta fundamental disposición de fuerzas permite estudiar si existen en la sociedad las condiciones necesarias y suficientes para su transformación, o sea, permite controlar el grado de realismo y de posibilidades de realización de las diversas ideologías que nacieron en ella misma, en el terreno de las contradicciones que generó durante su desarrollo.

2) Un momento sucesivo es la relación de las fuerzas políticas; es decir, la valoración del grado de homogeneidad, autoconciencia y organización alcanzado por los diferentes grupos sociales. Este momento, a su vez, puede ser analizado y dividido en diferentes grados que corresponden a los diferentes momentos de la conciencia política colectiva, tal como se manifestaron hasta ahora en la historia. El primero y más elemental es el económico-corporativo: un comerciante siente que debe ser solidario con otro comerciante, un fabricante con otro fabricante, etc., pero el comerciante no se siente aún solidario con el fabricante; o sea, es sentida la unidad homogénea del grupo profesional y el deber de organizarla, pero no se siente aún la unidad con el grupo social más vasto Un segundo momento es aquél donde se logra la conciencia de la solidaridad de intereses entre todos los miembros del grupo social, pero todavía en el campo meramente económico. Ya en este momento se plantea la cuestión del Estado, pero sólo en el terreno de lograr una igualdad política-jurídica con los grupos dominantes, ya que se reivindica el derecho a participar en la legislación y en la administración y hasta de modificarla, de reformarla, pero en los marcos fundamentales existentes. Un tercer momento es aquel donde se logra la conciencia de que los propios intereses corporativos, en su desarrollo actual y futuro, superan los límites de la corporación, de un grupo puramente económico y pueden y deben convertirse en los intereses de otros grupos subordinados. Esta es la fase más estrictamente política, que señala el neto pasaje de la estructura a la esfera de las superestructuras complejas; es la fase en la cual las ideologías ya existentes se transforman en “partido”, se confrontan y entran en lucha, hasta que una sola de ellas, o al menos una sola combinación de ellas, tiende a prevalecer, a imponerse, a difundirse por toda el área social; determinando además de la unidad de los fines económicos y políticos, la unidad intelectual y moral, planteando todas las cuestiones en torno a las cuales hierve la lucha, no sobre un plano corporativo, sino sobre un plano “universal” y creando así la hegemonía, de un grupo social fundamental, sobre una serie de grupos subordinados. El estado es concebido como organismo propio de un grupo, destinado a crear las condiciones favorables para la máxima expansión del mismo grupo; pero este desarrollo y esta expansión son concebidos y presentados como la fuerza motriz de una expansión universal, de un desarrollo de todas las energías “nacionales”. El grupo dominante es coordinado concretamente con los intereses generales de los grupos subordinados y la vida estatal es concebida como una formación y una superación continua de equilibrios inestables (en el ámbito de la ley), entre los intereses del grupo fundamental y los de los grupos subordinados; equilibrios en donde los intereses del grupo dominante prevalecen pero hasta cierto punto, o sea, hasta el punto en que chocan con el mezquino interés económico-corporativo.

Antonio Gramsci, “Análisis de las situaciones. Relaciones de fuerzas”, Cuadernos de la Cárcel, 17/XII, §17.

 

Lo que hizo que esa hipótesis fuera débil fue la falta de un análisis en profundidad de las transformaciones de composición de clase inducidas por medio siglo de contrarrevolución liberal. Junto con Alessandro Visalli esbocé un primer intento en ese sentido en la sección de la tesis de Nueva Dirección dedicada a este tema. Nuestra propuesta entrecruzaba diferentes parámetros para definir los contornos del proletariado contemporáneo, basado, más que en los niveles salariales, en una serie de oposiciones: capacidad o no para negociar el precio de la fuerza de trabajo (independientemente del tipo de marco legal de la misma); disponibilidad o no disponibilidad de fuentes de ingresos distintas del trabajo (bienes raíces, valores de diversos tipos, seguros, etc.); niveles de educación (‘capital cultural’, para utilizar un neologismo en boga); ubicación geográfica (centros metropolitanos gentrificados frente a periferias y ciudades de provincia); niveles de empleo precario, etc. Además de directivos, profesionales, rentistas y pequeños y medianos empresarios, de la lista también quedaban excluidos los mandos medios con funciones de control de la fuerza de trabajo, así como a los estratos de trabajadores intelectuales (nuevas profesiones, trabajadores del conocimiento, ‘creativos’, etc.) que, aunque con salarios relativamente bajos y/o penalizados por capacidades sobredimensionadas en relación con el empleo real y las oportunidades de carrera, conservan expectativas e identidades de estatus típicas de las clases medias altas.
El problema es que es precisamente esta última capa, es la que ejerce la hegemonía en las formaciones populistas de izquierda (…) Además, no debe subestimarse la posibilidad de que Europa aproveche la oportunidad de la crisis pandémica para recuperar el consenso y la credibilidad 1) promoviendo la inversión en infraestructuras, tecnologías avanzadas, servicios y administración pública; 2) amortiguando los efectos más dramáticos de los procesos de empobrecimiento generados por la crisis; 3) volviendo a comprar la fidelidad de las clases medias con educación alta y con capacidades útiles para la reactivación de un ciclo de desarrollo. Me doy cuenta de que mucha gente -y yo hasta hace poco- pensaban y piensan que el actual régimen oligárquico ‘no puede’ tomar tales iniciativas, pero hay que recordar que Lenin argumentó que no hay crisis que el régimen capitalista, si no es derrocado políticamente, no pueda superar tarde o temprano

Carlo Formenti, “España e Italia. La ofensiva de las oligarquías”, El Viejo Topo, 24 de abril, 2021.

 

Después de este rodeo más allá de nuestro país y de la historia y dinámica del capitalismo, volvamos a España y al 15M. Habiendo enfocado la Spanish Revolution en ese ciclo internacional de movilizaciones variadas con un similar protagonista principal en cuanto a la clase social y el condicionamiento de todo ello por ese punto de inflexión, volvamos con las consecuencias de ese estallido en nuestro país.

Las primeras consecuencias fueron, además de un nuevo ciclo de victorias electorales del PP, más movilizaciones ya muy marcada por las formas que trajo el 15M: movilización contra los recortes en servicios y sueldos públicos y contra la corrupción del PP, huelgas generales, etc. Aunque en estas movilizaciones se pudo observar la participación de sectores de la clase obrera dentro del área de influencia sindical, el protagonismo siguió en la clase profesional y directiva asalariada. Los ejemplos perfectos fueron las llamadas mareas (blanca, verde, roja, etc.) cuyos agentes centrales eran los profesionales de la sanidad y la educación, con gran capacidad de nuclear a su alrededor a diferentes sectores sociales bajo la defensa de los servicios públicos. Pero las consecuencias finales del 15M, justo cuando las movilizaciones se iban apagando, se dieron en la arena política.

En 2014 nace oficialmente, con la apertura de un nuevo ciclo electoral en ese año con las europeas y que continuará el siguiente con las municipales, autonómicas y generales, la nueva política. Esto es, nuevos partidos retadores de los dos grandes; tanto a su izquierda, con Podemos, como a su derecha, con Ciudadanos (aunque este partido se había constituido años antes en el particular contexto catalán, es ese año cuando salta a la arena nacional). Tanto Podemos como Ciudadanos son efectos del 15M. Uno, Podemos, desde las aristas más socialdemócratas del mismo; otro, Ciudadanos, desde las aristas más liberal tecnocráticas/regeneracionistas. Podemos, desde gente que protagonizó más directamente el 15M y movilizaciones posteriores; Ciudadanos desde aquellos indignados con el PP, pero también temerosos de esas movilizaciones y sus propuestas más aparentemente antisistema. Ambos partidos con dirigentes, cuadros y su principal base electoral proveniente de la clase profesional y directiva asalariada. Podemos incluía a los mas jóvenes y la fracción sociocultural (profesores, médicos, enfermeras, periodistas, artistas, etc.) con menos ingresos y más precariedad; aquellos que, incluso, estaban en proceso de proletarización (“sobrecualificados” o desclasados; es decir, que no trabajan de lo suyo sino en trabajos de clase obrera); y quienes trabajaban en el sector público o aspiraban a ello. Ciudadanos se componía de la fracción científico-técnica (ingenieros, arquitectos, etc.) y, sobre todo, la fracción administración/organización (directivos, abogados, economistas, profesionales del marketing y las finanzas, etc.), con mejores salarios y estabilidad; en su mayoría, eran jóvenes, en sus treinta y cuarenta años, que trabajaban en el sector privado. Estas diferencias implicaban sus divergencias en programas e ideario aún dentro de similitudes organizativas, como la celebración de primarias, el uso de las nuevas tecnologías, la denuncia a la corrupción de la vieja política, entre otras.

Las urnas acabaron poniendo a cada uno en su sitio tras una convulsa fase de inestabilidad institucional, que incluyó el intento fracasado del PSOE de articular una coalición informal con estos dos partidos tras las elecciones de 2015; la repetición electoral con triunfo de Rajoy en 2016; la ducha de agua fría para Podemos, primero en coalición con IU y, luego, con una significativa escisión de carácter regional en Madrid (2016-2019); la vuelta, cual ave fénix, de Sánchez en 2017 tras ser “asesinado” políticamente en el Comité central del PSOE; el breve estrellato demoscópico de Ciudadanos tras su victoria en las elecciones catalanas de 2017; la moción de censura que hizo presidente a Sánchez en 2018; y, finalmente, y tras un nuevo ciclo electoral con generales repetidas de nuevo, un gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos, a lo que se sumó la debacle de Ciudadanos y la emergencia de (éramos pocos y parió la abuela) Vox. Se conformó un gobierno cuyo objetivo era volver a la primera legislatura de Zapatero y continuar por ese camino (el de antes del “¡No nos falles!”), hasta que un microscópico virus venido del lejano Oriente entró en escena, uno que forzó confinamientos y parones económicos en todo el mundo, destrozos en el PIB (en una economía capitalista internacional que ya antes del virus daba señales de nubes negras) y desempleo.

Todo ello obliga a reconstrucciones y replanteamientos de teorías y políticas económicas en una medida mucho mayor que con el ciclo internacional de movilizaciones en el que estuvo encuadrado el 15M. Actualmente nos encontramos en un momento que algunos ven como análogo al del final de la Segunda Guerra Mundial, en el que, con la necesaria reconstrucción en el contexto de Guerra Fría, se pasó del “punto de inflexión” de Carlota Pérez (o última parte de una Fase B de Kondratieff) a la “edad de oro”, o fase de despliegue, de la revolución tecnológica de aquella época (o Fase A de Kondratieff). Los fondos europeos, los planes de inversión de Biden, la emergencia de China y su gran contención del virus y recuperación económica – achacable a su exitoso modelo económico-político –, y la inevitable nueva guerra fría entre Estados Unidos y China parecen ir en esa dirección. Está por ver si, efectivamente (hay fuertes indicios de ello), estamos en el paso a esa “edad de oro” o Fase A. Si es así, en ella se vislumbran dos modelos en lucha:

– Uno es el chino, en donde la clase dominante y hegemónica es esa protagonista de las movilizaciones sociales y políticas de las que estamos hablando en este artículo, una clase profesional y directiva asalariada que estaría en el “momento tres” de las relaciones de fuerza señaladas por Gramsci (en la cita suya que abre esta cuarta tesis); una clase que está en esa situación ya que, a su vez, se encuentra debidamente encuadrada en el Partido Comunista, con la ideología marxista/confuciana del mismo en un capitalismo de estado, o socialismo de mercado, con características chinas.

– El otro modelo estaría entre el socioliberalismo y la socialdemocracia, en un capitalismo con aristas progesistas, posmodernas, feministas y verdes; con una regulación laboral de flexiseguridad, que comenzó a practicarse en los países nórdicos en los años 90 con las reformas liberales que se hibridaron a su pasado socialdemócrata y que podemos vislumbrar en los Estados Unidos de Biden y en la UE de los Fondos Next Generation. Esta última sigue buscando su lugar en el mundo, y más con un posible próximo gobierno alemán formado por la “coalición semáforo”, entre verdes, socialdemócratas y liberales. En España, podríamos hablar de un Sanchismo/Yolandismo. En este modelo, el gran actor de este drama que estamos contando, la clase profesional y directiva asalariada, se encuentra en un “momento dos” (Gramsci dixit, ver la cita que abre esta cuarta tesis) como socio subordinado de una burguesía high-tech, con la que forma un bloque dominante frente a una clase obrera (vieja industrial y nueva de servicios) mejor tratada que en la época neoliberal (la fase de instalación o “destrucción creativa” de Carlota Pérez, la Fase B del ciclo de Kondratieff) y en trance de recomposición a las necesidades de las nuevas tecnologías en esa “edad de oro”, o fase de despliegue o Fase A de Kondratieff.

Un modelo que, de nuevo con Gramsci, sería el resultado de una triunfante revolución pasiva como lo fue el de la “edad de oro” anterior, y con ello cierto triunfo de esas movilizaciones internacionales en donde estuvo encuadrado el 15M, cuyo fruto, en España, sería la revolución pasiva encabezada por Pedro Sánchez y el PSOE de aquí en adelante.

Javier Álvarez Vázquez es obrero (auto)ilustrado, técnico de sonido, diseñador gráfico, repartidor de propaganda, camarero, comercial, y desde hace unos años empleado en la FSC CCOO Madrid. Quinta del 72, marxista sin comunismo a la vista para nada, comunista sin partido; por lo tanto, un Ronin o un samurai sin señor, viejo rockero hasta el fin. Presidente de la Asociación La Casamata y director de la revista La Casamata.

Imagen: Pedro Sánchez Viaja a Canadá (23/09/2018), por La Moncloa.